miércoles, 24 de mayo de 2017

16. No pasa un sólo día en que no piense en ella...



No pasa un sólo día en que no piense en ella, desde hace cuatro años. 
Desde el instante exacto en que la vi por primera vez, hasta el último beso de despedida. 
Desde el instante en que la vida decidió trucar nuestros caminos, para que indefectiblemente luego deseáramos transitar un nuevo sendero, juntos, por siempre. 
Desde el perfume inconfundible de su piel. 
Desde aquel mágico e inolvidable instante en que me perdí en sus ojos y nada volvió a ser igual.
Desde ese milagroso arrebato de hundir mis dedos en su cabellera sedosa para no querer nunca más salir de allí, jamás. 
Desde el momento en que nos dijimos con el corazón lo que nunca antes habíamos creído poder decir.
Desde aquella noche en que lloró en mis brazos y no supe qué decirle.
Desde ese único momento en que deseé haberla conocido antes, que hubiese sido ella y sólo ella mi mujer, la única.
Y desde entonces es que cualquier suceso, por pequeño, pueril, insignificante, cotidiano que parezca, me empuja hacia su recuerdo. 
El eco de su risa resuena aún, lejana y sorda, en mi mente.
La foto de su sonrisa me transporta a la dicha de sentirme dentro suyo, como nunca antes, como nunca después.
Un cielo, un paisaje, un color, un aroma, una canción, una palabra, un silencio.
Todo tiene algo suyo porque veo todo a través de su recuerdo. 
Una película, una tristeza, una tela, una ventana, una dicha.
Inequívocamente me hace saltar hacia el abismo de no tenerla. 
Mirarme las manos, sacarme los lentes y esperar sus caricias, en vano, me hunde el pecho y me cierra la garganta.


Dita escuchaba en silencio aquella profunda declaración de amor, que no le correspondía ni le pertenecía y sintió que se le humedecían los ojos. Entendía perfectamente ese sentimiento puro, genuino, auténtico. Se reconocía haber estado ella también en ese lugar, en las sombras de la pena. En la angustia del tiempo que no pudo ser. 
Se reconoció en no dejar pasar ni un sólo día sin pensar en aquel alguien...

martes, 11 de abril de 2017

15. Renacer interior.





















                                                                                 calma
































martes, 14 de marzo de 2017

Palabras asesinas.

"No te van a querer ni los perros", era la frase que ella siempre usaba para retar a sus hijos cuando se portaban mal. Primero, venía el pellizcón, y después, como de remate, esta frase punzante, aguda. Seguramente, si le preguntan, ella los educó con amor. Y en nombre del amor, dijo frases como estas...
"¿Quién quiere otro choripán?", preguntó Carlos en el cumple de su hija. Ella estaba festejando sus 19 y él se había ofrecido de asador. "¿Quién quiere otro choripán?", insistió. "Vos no, mi amor, que estás muy gorda", fue la frase que disparó delante de todos sus amigos. Ella se puso roja de vergüenza, un nudo enorme le cerró la garganta y no comió más. Se levantó despacio y la soledad de su cuarto adolescente fue el mejor refugio hasta la madrugada del día siguiente. El padre murió preguntándose qué hizo mal esa noche.
"Vamos, no seas mariquita", le dijo su profesor de natación cuando él –que en ese momento tenía 6 años– pidió una toalla al salir de la pileta porque tenía frío. Y todos sus amigos empezaron a reírse. "Mariquita, mariquita", le gritaron. Y el profesor, lejos de hacerlos callar, los alentó. Nunca más volvió a nadar. (Y nunca, en 34 años de vida, apoyó sus labios en los labios de una mujer.)
"Sos un elefante dentro de la clase", le dijo su profesora de Dibujo el primer día del primer año del secundario. Ella venía de un primario impecable, donde Dibujo era su materia preferida. Y era, para hacer honor a la verdad, una joven promesa. Ese año, se llevó Dibujo a diciembre. Volvió a dibujar 28 años después, cuando –terapia mediante– descubrió cuánto la había inmovilizado esa frase.
El Perito Moreno fue el lugar elegido para festejar sus 10 años de casados. Caminata por el glaciar, todos los turistas en hilera para no resbalarse. Ella iba delante; él, detrás. "Tu culo me tapa todo el sol", fue la frase que eligió él para hacer un chiste. Y no entendió por qué esa noche ella se encerró en el baño a llorar.
Son frases que no te matan, pero te marcan para toda la vida. Frases de mierda son. No importa cuántas horas de terapia le dediques a deshacerlas, ellas están ahí... rondando, para reaparecer sin previo aviso. Son frases que, cuando las contás, te parece que estás exagerando, que no pudieron ser así, que quizá las recordás mal... Entonces descubrís la crudeza de esas palabras.
Lo bueno es que un día, porque ese día –créanme– finalmente llega, te sacás uno por uno todos los puñales que te clavaron en el cuerpo y en el alma, te hacés un sana, sana, colita de rana y descubrís que no fueron dichas con odio, que los responsables de escupirnos tamañas frases son seres que cargan, a su vez, con otras frases. Y entonces llega el perdón. Y perdonamos. Más adelante –bastante más adelante– viene la compasión. Es ahí cuando volvemos a sentirnos felices, con ganas de caminar sobre el Perito Moreno más allá del tamaño de nuestro culo, de nadar y gritar: "Tengo frío, traeme una toalla", de hacer una lista con toda la gente que te quiere. Porque no solamente te quieren los perros...
Tratemos de pensar antes de hablar... ya que las PALABRAS QUE DUELEN tardan muchos años en salir del corazón del otro, y hasta a veces no salen... No perdamos tiempo con los que queremos, porque perdonar lleva mucho tiempo... PENSEMOS ANTES DE HABLAR... TRATEMOS DE NO HERIR EL CORAZON DE LOS QUE MAS AMAMOS..."PALABRAS DE AMOR, ALEGRAN EL CORAZÓN"..

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martes, 6 de diciembre de 2016

La carta que te explica por qué, aunque te amo, no puedo estar contigo.

 No me tomes por cobarde, por favor, pero creo que al tener en letras todo lo que te quiero decir, algún día podrás volver a tomar en tus manos lo que hoy me repudias y mañana entenderás.

Necesito estar segura de que sepas cuánto te amo, pero sé que si me atrevo a encararte para decirlo, jamás podré escapar de tus brazos y nunca tendré la oportunidad de contarte que me voy, como ahora.
Es monstruoso cómo el amor disfraza todo lo que muy claramente no es en todo lo que uno anhela que sea. Jamás pretendí ser eso que te mantuviera con vida, pero sí me hubiera encantado formar parte de lo que te hacía sonreír al vivir. Muchas veces traté de encontrar la fórmula para que este día nunca llegara, pero más bien descubrí la verdad que me llevó a apartarme de ti.

Pues la única posibilidad de quedarme contigo viene con la imposibilidad de amarte menos, aunque fuera sólo un gramo menos. Si tan sólo existiera la manera de no tenerte dentro de cada poro de mi piel, si pudieras dejar de ser la cura de todas mis lágrimas y si nunca me hubieras dado nada de lo que otros me quitaron, tal vez así podría amarte menos.

Y aunque muchas veces fuiste esa luz que resplandeció en mis días más oscuros, también supiste hacer sangrar mis heridas más profundas. Te di las armas más letales para destruirme, la primera, la confianza que deposité en ti y la segunda, la confianza que guardé para mí misma.
Por eso estoy segura de que si no te amara tanto, la confianza demolida por tus actos egoístas y mis inseguridades absurdas, jamás me hubiera roto en tantas partes. Partes que son imposibles de reparar, podrías volver a unirlas, pero jamás van a volver a ser una sola pieza, entera y sin fisuras.

Y aunque de ti sigo más que prendida, no creas que no recuerdo que de ti me enamoré entera, real y lo bastante fuerte como para soportar nuestros errores. Pero con el tiempo me dejé llevar por la contracorriente, abandoné mis propios ideales adoptando tus pensamientos, te entregué todo lo que era, quedándome sólo con la sospecha de lo que ahora soy.
Te permití, sin precaución alguna, subirme al cielo en la cobija de tus besos, para después arrastrarme al infierno, dejándome arder en las llamas de tu olvido y en la ausencia de tu cariño.
Y no me voy por no haber aprendido a jugar con fuego, decido irme porque para ti ese siempre será el juego con el que quieras ganarme; te pedí muchas veces que no fueras mi enemigo, mejor que te unieras a mí, lamento mucho que me juzgaras por ser diferente cuando pudiste haberme amado por ser única, me arrepiento tanto de haber cambiado todo lo que creías innecesario en mí, pues era obvio que al final jamás te ibas a enamorar de alguien igual a ti.
No sé cómo pude alejarme de todos los que hoy podrían estar acompañándome cuando me siento tan sola. Y lo que me cuesta aún más comprender es cómo fuiste capaz de pedírmelo, yo era, miento, sigo siendo totalmente tuya y para ti, lo único que quería era complementar nuestro amor con el que otros, gustosos, compartían con cada uno de nosotros, nuestros amigos que ahora se desvanecieron.

Te amo y de no ser así, no me desgarraría el alma para escribirte esta carta, no hay prueba más verdadera de lo que siento por ti que alejarme ahora, para reencontrarnos algún día, pero no así, quebrados, olvidados y tibios. Quiero verte completo, radiante y caliente, porque del calor emana la vida. Vida que parece que sufrimos cada vez que intentamos acercarnos sólo para destruirnos con las palabras más atroces y los silencios más indiferentes.

Lo único que quería era que me dejaras volar y abrieras tus alas junto a las mías, siempre me imaginé a tu lado cuando despegaras los pies del suelo para llegar tan alto como imaginaras. Jamás pretendí atarte a una estaca que te mantuviera seguro para mí y decepcionante parar ti.  Menos pensé que tú fueras capaz de encontrar razones para amarrarme a la realidad, a un suelo mediocre y a una costumbre agonizante.

Por todo esto y más de lo que ni conmigo misma puedo hablar, quiero pedirte que me dejes ir, quiero rogarte por el acto de amor más grande que nos podemos regalar. Quiero intentar sanarme mientras no te tenga cerca para que cuando el destino nos junte de nuevo, puedas conocerme completa, te enamores de mis defectos, no como esta primera vez, y yo… yo me enamoraré lo suficiente de mí como para volver a dejarte si es necesario.

No podré dejar de amarte en mucho tiempo y tampoco puedo quedarme contigo ahora, porque entendí que existen personas que nacen para buscar su luz y otras que ya nacimos con ella, y hoy en esta carta tengo que confesarte que es imposible continuar apagando mi luz para que tu puedas brillar junto a mi sombra.

Mi intención jamás será ser cruel, pero a quienes me dirijo por medio de la escritura, son a quienes más amo. Para mí se trata de: 
El inevitable vicio de la escritura y para quienes no lo entiendan, los invito a leer más, a leer sobre el pensamiento y su entendimiento, a leer sobre la Pasión por la filosofía porque la vida sin examinar no vale la pena.


Fuente: http://culturacolectiva.com/la-carta-que-te-explica-por-que-aunque-te-amo-no-puedo-estar-contigo/

martes, 16 de febrero de 2016

Con clase.

Hoy en la clase de ciencia aprendí que cada célula de nuestro cuerpo entera se reemplaza cada siete años. Que adorable es saber que un día tendré un cuerpo que nunca habrás tocado.

domingo, 7 de febrero de 2016

13- Dita (re)descubre a Martín



La puerta de entrada del caserón de Belgrano se abrió tras un sonido metálico. La cara de Rubinstein se asomó amable con una sonrisa. Dita entró y estrechó una mano a su terapeuta, se recostó plácida en el diván frente al gran ventanal hacia la calle, dejó la cartera a un costado junto a su cuerpo.
─ ¿Cómo está?─preguntó Rubinstein mientras servía café en un diminuto pocillo blanco.
─Bien. 
─Mis condolencias. Supe lo de su hermano, y lo de su hermana─ expresó Rubinstein mientras le alcanzaba el platito con el pocillo de café, amargo.
─Gracias.─Dita sorbió apenas el café humeante. Al cabo de unos minutos y con la mirada fija en el celeste cristalino que contemplaba a través de la ventana se recompuso y exclamó: ─¡Apareció Martín!─con notable ánimo de cambiar de tema.
─¿Martín? Recuérdeme quién es Martín, por favor ─Rubinstein encendió su tablet con la intención de rastrear aquel nombre en el historial de su paciente.
─Martín es aquel que un día conocí y con el que supe recuperar mi esencia, en aquel momento creí haber reencontrado mi ser. Le hablé de Martín doctor. Busque en sus archivos. Martín es un hombre de cabello enrulado, de pelo en el pecho, de profundidades abstractas, Martín es el hombre que me habló de amor heroico. ¿Lo encontró? Si no lo ubica le cuento que lo busqué y lo encontré.
─¿Por qué recurrió a Martín?
─¿Por qué no?
─¿Para qué lo buscó?
─Lo busqué porque sí.
─Esa es una respuesta infantil, permítame decirle.
─Lo sé. Y tampoco me importa. Necesitaba reencontrarme con Martín. Subirme a su locura genial. Necesitaba volar con él. Martín me transporta a otro estado.
─¿Necesita a Martín para evadirse, acaso?─punzó el terapeuta sagaz.
─No. No me evado con él sino todo lo contrario, me reencuentro. Martín es un enlace a mi esencia. ─Dita terminó el café y dejó el pocillo en su platito en una mesa junto al diván.
─¿Cómo fue su reencuentro con Martín, entonces?
─Inesperado.
─Creí entender que lo había convocado─se excusó el terapeuta.
─Y sí, lo busqué yo. Le escribí un correo diciéndole que quería verlo y él me respondió que también quería un encuentro y entre idas y venidas de correos, logramos vernos. Coincidir con Martín no es tan sencillo, doctor.
─¿Por qué?
─Porque tiene sus tiempos.
─Y usted los suyos, como todo el mundo. ¿Por qué cree que los tiempos de Martín son particularmente complejos?
─Bueno, no lo sé exactamente. Sé bastante poco de él ahora que lo analizo con usted.

Dita volvió la mirada hacia el ventanal abierto que daba hacia un cielo profundamente celeste.

─¿Volverán a verse?─indagó Rubinstein.
─Eso espero─contestó Dita sin dejar de contemplar el cielo desde la ventana.

Camino a casa, mientras conducía su auto, evocó en las profundidades de sus recuerdos, sus charlas con Martín. Hubiese preferido conocerlo en otro momento de su vida, lamentó.

Si tan solo sus caminos se hubiesen cruzado más temprano, sin tantas heridas sin sanar. Estacionó el auto en la calle y entró a su casa. Se descalzó al tiempo que dejaba su cartera colgada en el perchero junto a la puerta de entrada. Abrió la heladera y se sirvió una copa de vino blanco, frío.
Las gatas corrieron a recibirla y se acomodaron en el sofá junto a ella. La soledad en aquel momento, aquella maravillosa y predecible quietud la invitaban a reflexionar en lo que sentía entonces.

Bebió un largo sorbo de la bebida y pensó en que se merecía alguien que la observara como si tuviese el mundo entero a sus pies, que no le correspondía menos que aquel dispuesto a escucharla con toda la atención del mundo y que recordara con perfecto detalle sus comentarios más reflexivos.
Sintió que valía lo suficiente como para que un hombre tuviese el coraje de abrazarla antes de que ella misma sintiera desfallecer por penas o profundas tristezas.
No debería aceptar menos que un hombre dispuesto a hablarle desde el corazón abierto con palabras puras y sinceras. Ella era lo suficientemente valiosa para tener a su lado un hombre íntegro, con honor, un caballero capaz de quitarse la capa en una reverencia tras su paso. Ella merecía un hombre de amor heroico, aún cuando no fuese alguien como Martín.

Arman Bahrami Feat. Marjan - Surrounded By Voices (Original Mix) [Cloudl...


They follow me like a shadow,
even in the darkness
and the silence of this cold winter night.
I'm all alone, it surrounded by voices
passed in my fears
I shiver and I tremble.
The thought of any other day terrifies me
and my past keeps hunting me.
I keep cold no more
this emptiness has become unbearable
and has become unacceptable.
You are the only shining star in my gloomy sky
You are the only reason I want to survive.
Save me from the demons imprisoned inside my soul,
crawling under my skin.
I'm surrounded by voices
no one else can hear.



jueves, 21 de enero de 2016

12- La Muerte es una puerta.





Sábado 9 de enero de 2016.
Dita salió del vestidor con el enterito negro que se acababa de probar cuando la llamaron al celular. En el visor vio que se trataba de su cuñada, a 3,600 kms de distancia.

- ¡Hola!

- El gordo se me fue... -sollozaba la desgarrada mujer del otro lado de la línea.

-¿Qué...?- Dita no lograba entender lo que significaba aquella frase tan simple y determinante.

- El gordito se fue...-continuó llorando desde la más profunda de las penas acongojada en un llanto ahogado de dolor.

-... -No pudo decir nada, nada podía ser dicho, nada podía hacerse, nada podía agregarse.

-Se fue.- continuó llorando su cuñada desconsolada.

-Está bien, está bien. No sufre más. Se acabó Ana. Terminó su dolor, ahora solo queda el nuestro-pudo decir tratando de que sus palabras, aunque crueles a 3,600 kms de distancia del cadáver de su hermano, pudieran apenas calmar artificialmente el infinito dolor de aquella mujer cuyo marido recién fallecía -Voy a la casa de mis viejos para decirles, no te preocupes, yo les digo-determinó.

Decidió ser ella la que les diera la peor noticia que puede recibir una madre preocupada por sus hijos, y siempre presente; y un padre anciano y perdido en una incipiente demencia senil en sus ochenta y dos años de vida. Decidió ser ella la que les dijera en persona que el mayor de sus tres hijos estaba muerto. Era un anuncio que merecía ser contado en persona, con un abrazo que los contuviera y los sostuviera ante el shock de la conmoción de tal tristísima comunicación.

Con los ojos hinchados y rosados ensayó mil y una posibilidades para contarles la muerte de su hijo. Ninguna de las versiones le pareció la menos dolorosa. Todas eran terribles. Todas eran trágicas. Todas eran horribles e injustas. La muerte de un hombre de cuarenta y ocho años, esposo dedicado y amoroso, padre de una jovencita de dieciocho y de un chico de doce, era una tragedia sin importar las palabras que se eligiesen para disminuir el horror.

Por fin llegó a la casa materna. Entró. La perra que siempre solía recibirla con empujones y saltos la esperó, aquella vez, quieta a que se acercara para acariciarle la cabeza. Tal vez supo que traía novedades que no merecían el saludo ritual alegre de vueltas y saltos.

Su madre abrió la puerta y la recibió sonriente, algo sorprendida por la visita inesperada.

-¿Qué hacés hoy por acá? Viniste a comer, qué raro que no llamaste antes...

-Mamá. -Se acercó y la abrazó para sostenerla-Ana me llamó hace un rato. Rodolfo murió.-dijo sin pensar y largándose a llorar al tiempo que su madre lanzaba un llanto desde las entrañas, partiéndola en dos.

-Ana me dijo que Rodolfo no quiso contarnos que había estado internado entre Navidad y Año nuevo. No quiso que nos preocupáramos, por eso no nos contó cada vez que se comunicó con nosotras, para preguntarnos por la salud de Elizabeth.-. La menor de las hermanas, estaba atravesando por una complicación severa de salud. Había perdido un embarazo de treinta y tres semanas por un atípico caso de hematoma hepático encapsulado, tal vez causado por una posible pre-eclampsia, presión arterial alta, y por aquellos días volvía a quedar internada en un lapso de apenas dos semanas debido a una inusual fiebre repentina.

-Ahora... ¿cómo se lo contamos a papá?-la mujer se tapó la boca con una mano en un gesto de consternación y angustia.
Entraron a la cocina donde el anciano almorzaba sopa de verduras en silencio y con la mirada perdida hacia el televisor encendido.

-Iván. Rodolfo murió.-le dijo la mujer a su esposo que seguía comiendo inmutable y mudo mirando el televisor. -¿Entendés lo que dije? Rodolfo murió, esta mañana, recién. Ana llamó para avisar-le explicó la mujer en voz muy alta para que el anciano escuchara lo que le estaba diciendo-, ¿entendés lo que eso significa? No lo vamos a volver a ver jamás-remató duramente largándose a llorar mientras se dejaba caer en una de las sillas de la cocina.

-Bueno -dijo el padre mientras seguía comiendo su sopa sin quitarle la vista a la TV.

La madre preguntó si Elizabeth ya sabía de la muerte de Rodoldo, Dita negó con la cabeza.

La mujer se levantó de la silla y cansina fue hacia el teléfono. 

Dita observaba a su padre que seguía comiendo monótono su sopa de verduras, anaranjada por la abundante cantidad de zapallo en ella.

Lo miraba comer sin gestos e intentó recordar la última vez que lo había visto sonreír, que lo había visto bromear, que lo había escuchado hacer algún comentario acertadamente irónico.

En un momento se sintió observada por su padre que terminó su sopa con un último sorbo de la cuchara. Tomó un repasador para secar su bigote ceniciento y la miró a los ojos.

-La muerte es una puerta. Ya la dejarán abierta para mí-afirmó con convicción y una inquietante mueca en los labios, que se asemejaba a una leve sonrisa.

Dita se marchó a su casa pensando en las palabras de su padre. Nada volvió a ser igual.




martes, 1 de diciembre de 2015

Jorge Luis Borges (1899–1986) EL FIN (Artificios, 1944; Ficciones, 1944)

RECABARREN, TENDIDO, ENTREABRIÓ los ojos y vio el oblicuo cielo raso de junco. De la otra pieza le llegaba un rasgueo de guitarra, una suerte de pobrísimo laberinto que se enredaba y desataba infinitamente… Recobró poco a poco la realidad, las cosas cotidianas que ya no cambiaría nunca por otras. Miró sin lástima su gran cuerpo inútil, el poncho de lana ordinaria que le envolvía las piernas. Afuera, más allá de los barrotes de la ventana, se dilataban la llanura y la tarde; había dormido, pero aun quedaba mucha luz en el cielo. Con el brazo izquierdo tanteó dar con un cencerro de bronce que había al pie del catre. Una o dos veces lo agitó; del otro lado de la puerta seguían llegándole los modestos acordes. El ejecutor era un negro que había aparecido una noche con pretensiones de cantor y que había desafiado a otro forastero a una larga payada de contrapunto. Vencido, seguía frecuentando la pulpería, como a la espera de alguien. Se pasaba las horas con la guitarra, pero no había vuelto a cantar; acaso la derrota lo había amargado. La gente ya se había acostumbrado a ese hombre inofensivo. Recabarren, patrón de la pulpería, no olvidaría ese contrapunto; al día siguiente, al acomodar unos tercio de yerba, se le había muerto bruscamente el lado derecho y había perdido el habla. A fuerza de apiadarnos de las desdichas de los héroes de la novelas concluímos apiadándonos con exceso de las desdichas propias; no así el sufrido Recabarren, que aceptó la parálisis como antes había aceptado el rigor y las soledades de América. Habituado a vivir en el presente, como los animales, ahora miraba el cielo y pensaba que el cerco rojo de la luna era señal de lluvia. Un chico de rasgos aindiados (hijo suyo, tal vez) entreabrió la puerta. Recabarren le preguntó con los ojos si había algún parroquiano. El chico, taciturno, le dijo por señas que no; el negro no cantaba. El hombre postrado se quedó solo; su mano izquierda jugó un rato con el cencerro, como si ejerciera un poder. La llanura, bajo el último sol, era casi abstracta, como vista en un sueño. Un punto se agitó en el horizonte y creció hasta ser un jinete, que venía, o parecía venir, a la casa. Recabarren vio el chambergo, el largo poncho oscuro, el caballo moro, pero no la cara del hombre, que, por fin, sujetó el galope y vino acercándose al trotecito. A unas doscientas varas dobló. Recabarren no lo vio más, pero lo oyó chistar, apearse, atar el caballo al palenque y entrar con paso firme en la pulpería. Sin alzar los ojos del instrumento, donde parecía buscar algo, el negro dijo con dulzura: —Ya sabía yo, señor, que podía contar con usted. El otro, con voz áspera, replicó: —Y yo con vos, moreno. Una porción de días te hice esperar, pero aquí he venido. Hubo un silencio. Al fin, el negro respondió: —Me estoy acostumbrando a esperar. He esperado siete años. El otro explicó sin apuro: —Más de siete años pasé yo sin ver a mis hijos. Los encontré ese día y no quise mostrarme como un hombre que anda a las puñaladas. —Ya me hice cargo —dijo el negro—. Espero que los dejó con salud. El forastero, que se había sentado en el mostrador, se rió de buena gana. Pidió una caña y la paladeó sin concluirla. —Les di buenos consejos —declaró—, que nunca están de más y no cuestan nada. Les dije, entre otras cosas, que el hombre no debe derramar la sangre del hombre. Un lento acorde precedió la respuesta de negro: —Hizo bien. Así no se parecerán a nosotros. —Por lo menos a mí —dijo el forastero y añadió como si pensara en voz alta—: Mi destino ha querido que yo matara y ahora, otra vez, me pone el cuchillo en la mano. El negro, como si no lo oyera, observó: —Con el otoño se van acortando los días. —Con la luz que queda me basta —replicó el otro, poniéndose de pie. Se cuadró ante el negro y le dijo como cansado: —Dejá en paz la guitarra, que hoy te espera otra clase de contrapunto. Los dos se encaminaron a la puerta. El negro, al salir, murmuró: —Tal vez en éste me vaya tan mal como en el primero. El otro contestó con seriedad: —En el primero no te fue mal. Lo que pasó es que andabas ganoso de llegar al segundo. Se alejaron un trecho de las casas, caminando a la par. Un lugar de la llanura era igual a otro y la luna resplandecía. De pronto se miraron, se detuvieron y el forastero se quitó las espuelas. Ya estaban con el poncho en el antebrazo, cuando el negro dijo: —Una cosa quiero pedirle antes que nos trabemos. Que en este encuentro ponga todo su coraje y toda su maña, como en aquel otro de hace siete años, cuando mató a mi hermano. Acaso por primera vez en su diálogo, Martín Fierro oyó el odio. Su sangre lo sintió como un acicate. Se entreveraron y el acero filoso rayó y marcó la cara del negro. Hay una hora de la tarde en que la llanura está por decir algo; nunca lo dice o tal vez lo dice infinitamente y no lo entendemos, o lo entendemos pero es intraducible como una música… Desde su catre, Recabarren vio el fin. Una embestida y el negro reculó, perdió pie, amagó un hachazo a la cara y se tendió en una puñalada profunda, que penetró en el vientre. Después vino otra que el pulpero no alcanzó a precisar y Fierro no se levantó. Inmóvil, el negro parecía vigilar su agonía laboriosa. Limpió el facón ensangrentado en el pasto y volvió a las casas con lentitud, sin mirar para atrás. Cumplida su tarea de justiciero, ahora era nadie. Mejor dicho era el otro: no tenía destino sobre la tierra y había matado a un hombre.

Big Bang, Severo Sarduy

"Escritos en el suelo han quedado los signos
de la muerte.
Y en los mosaicos de piedra roja
el estampido de los rostros de oro.
La humedad ha cubierto los frescos.
En la escalera
las manchas de los pies rajados.
El polvo ennegrece el resto.
La ventana está abierta.
La ciudad saqueada."
- Severo Sarduy, Big Bang


miércoles, 7 de octubre de 2015

11-El veneno está en la dosis

Una botella de vino son tres copas repletas.
Una oferta pobre para un trío.
Un consumo excesivo para una mujer sola. 
Un tremendo dolor no la deja beber más.
"El veneno está en la dosis" reflexiona.





Poe

En el amor desinteresado de un animal, en el sacrificio de sí mismo, hay algo que llega directamente al corazón del que con frecuencia ha tenido ocasión de comprobar la amistad mezquina y la frágil fidelidad del hombre natural.

domingo, 30 de agosto de 2015

10-Luna roja. Noche ciega.


Y el día del que tanto le habían advertido que debía cuidarse, llegó. Se coló por las hendijas de su refugio sin que pudiera hacer nada para evitarlo, ni aún habiendo tenido conciencia o voluntad para ello. Se sirvió una medida de ron y completó el vaso alto con agua tónica. Revolvió el contenido con la punta de un dedo y siguió reflexionando mientras observaba el cielo estrellado desde su cálido refugio, desde este lado del gran ventanal hacia la noche.
Ahí fue cuando llegó el momento exacto en que tomó conocimiento de su Ser. Sí, de su ser completo. No necesitaba a nadie más que a sí misma para sentirse entera. Así como lo es, completa. Sin piezas faltantes. 
El día que supo que podía estar en este estado por lo que le restara por vivir ya era un pensamiento concreto y corpóreo en su mente. Comenzaba a disfrutar profundamente los momentos de total y plena compañía consigo misma. 

El timbre de su departamento la trajo a la realidad súbitamente. 

Puso música.


Salió a abrir la puerta. 
¡Hola!—resplandeciente saludó a su invitado.
—¡Hola!—la beso fugazmente en los labios Gerardo, uno de sus amantes favoritos..
Juntos, de la mano, caminaron hacia el departamento de ella.

En cuanto entraron se besaron apasionadamente recorriéndose los cuerpos por completo. Ella cerró la puerta con llave sin dejar de besarlo.

—A ver... date una vueltita para que pueda verte mejor —le dijo mientras retrocedía dos pasos para no perderse una vista general de ella, que le resultaba asquerosamente atractiva, aún llevándole un lustro en edad.
Ella giró sobre sus talones mostrándole todas y cada una de sus voluminosas y proporcionadas curvas.

—No podes estar tan buena, ¡Dita! —exclamó él mientras se sacaba la campera y se descalzaba por completo.

—No estoy buena, ¡es que vos me ponés buena! —bromeó mientras se le acercaba nuevamente para besarlo mientras lo sostenía fuerte de las nalgas. Así era Dita. Juguetona.

Pasaron aquella noche de sábado juntos. Durmieron, hubo sexo, hubo sueños, hubo fantasías, más sexo, hubo un desayuno amoroso y hubo una partida.

Todo volvía a la normalidad. Se dio un baño largo y caliente, ya en su cómoda soledad. Sentía que ahora tenía todo el tiempo  del mundo para estar consigo misma, otra vez. Una sonrisa resplandeciente se le dibujada en la boca.

A media mañana del domingo la propietaria del departamento, y vecina, Elvira, quería ver su última obra. Le abrió la puerta con desgano pero enseguida hablar de acrílicos, lienzos, y pinceles la motivaron y la volvieron verborrágica por ese hobbie que tanto la apasionaba. Pintar la hacía sentir plena.

La dueña saludó a Uma, la mayor de las gatas recientemente adoptadas. La confundió con Millie, la gata azul rusa que se mudó primero al departamento.

Dita sabía que el problemita de visión de la propietaria y la tímidez natural de Millie favorecían a la confusión de Elvira, que creía que había una gata, en lugar de dos.

Al cabo de un rato Elvira se fue, convocada por su pareja que la silvaba desde el otro lado de la pared. 
Es Chelo, debe estar la comida se despidió.

Todo volvía otra vez a su cauce natural. 

jueves, 23 de julio de 2015

9- Cazadora cansada

Cerró la puerta tras de sí, colgó el bolso en el perchero junto a ella, se descalzó al mismo tiempo que se quitaba el tapado y caminó directo hacia la vitrina donde colgaban enormes y brillantes copones de cristal, en el pequeño living del departamento que alquilaba. Abrió la heladera y se sirvió una medida abundante de vino blanco, su nueva bebida favorita. Con el control remoto encendió el equipo de audio conectado al televisor plano. 


Con la enorme copa en una mano caminó hacia la mesada de la cocina, encendió una hornalla y le acercó un tronquito de "Palo Santo". El leño comenzó a quemarse lentamente mientras ella lo giraba para que el fuego lo cubriera por cada uno de sus lados rectos. Por fin el abundante humo perfumado apareció con ansias de cubrir cada espacio a su paso. Con el tronquito humeante recorrió cada una de las habitaciones de su casa. El ritual evangelizaba su hogar, le cambiaba el aroma. Las gatas presenciaban expectantes el recorrido del humo y se erguían para olfatearlo mejor.
Luego de dejar el agonizante palo carbonizado en un cenicero, se acomodó en su gran sofá. Las gatas se le subieron en el regazo para recibir las caricias que les correspondían como parte del obligado ritual.
Mientras saboreaba el vino, disfrutaba de la música y de la única compañía de aquellas gatas rescatadas, y agradecidas, recordó que precisamente ese día de invierno estaba cumpliendo el primer aniversario de vivir en ese lugar. Pensó en todas las cosas que ocurrieron en el transcurso de ese tiempo, de todas las cosas que le pasaron a ella en particular. Pensó en la velocidad del tiempo, en la fugacidad del transcurrir de las vidas, en la fragilidad de las personas, en lo diminutos que somos en el espacio, en lo débil de nuestras vidas, en las enfermedades de sus afectos, en el cáncer.
Dio varios sorbos a la bebida y un cosquilleo frío le recorrió el cuerpo. Se le endurecieron los pezones en ese instante y por algunos segundos, sintió helarse.
Se tapó con un poncho que ella misma había tejido tiempo atrás y que siempre lo tenía a mano en el sofá para esos momentos de repentino frío.
Ya había pasado un año entero de su separación, de su mudanza, de su cambio de vida, de su regreso a ella misma. Un año de vivir sola, con su hija algunos días a la semana, pero sola durante el resto de sus días. ¿Cómo pasó que no se había dado cuenta de eso antes?, se preguntó en silencio sin esperar respuesta.
Miró a su alrededor y vio los cuadros que fue pintando en el transcurso de ese tiempo, había empezado a convertir ese departamento en su refugio, en su escondite. Sintió un inesperado orgullo el haber recuperado el placer de agarrar pinceles y colores de nuevo.
Observó las plantas colgando de las vigas de madera del techo, ¡tanto habían crecido ya desde entonces! Como creció también su gusto por esa soledad nueva, o recuperada.
En aquel diálogo consigo misma se sintió completa. No necesitaba mucho más para estar tranquila y a su manera, para ser feliz. Su hija había superado, en apariencia al menos, la separación, su vida de agenda inquieta pero ya rutinaria. Parecía más que adaptada y conforme con su nueva vida. Su pequeña parecía totalmente adaptada a pasar tantas horas en el colegio nuevo, con un mundo novedoso desplegándose ante sus inocentes ojos. Con sus clases de idiomas, con sus clases de violín, de natación, de pocos nuevos amigos en el colegio, pero de una multitud de actividades hasta ahora desconocidas. Se mostraba conforme y contenta con esta rutina llena de cambios, de cosas hasta ahora solo por descubrir.
La pequeña había aceptado con beneplácito esta nueva etapa de su vida y crecía con una notable madurez para afrontar de pie lo que la vida le presentara en cada momento. Acaso era una virtud innata de la nena, acaso no le quedaba más remedio que adaptarse a los cambios, acaso era todo una cuestión de actitud. No encontró las respuestas.
Observó en un rincón que las gatas dormían acurrucadas juntas, muy cerca una de la otra, como si necesitaran algo más que el calor mutuo, como si se necesitaran, como si ninguna de ellas tuviese a nadie más que la otra para garantizar su subsistencia. Esa imagen la hizo reflexionar en la relación entre ella y su pequeña. Y era así, pero de a ratos. La nena tenía a su padre y a su madre, aún. Pero por separado.
Pensó también en los acontecimientos de los últimos días. Del robo del auto. De la declaración en la comisaría, pensó en el rechazo del seguro en cubrir los daños ocasionados en aquel robo. Recordó todas y cada una de las veces que no creyeron en sus palabras sinceras.
Se detuvo en pensar en eso precisamente. En lo valiente que se debe ser para decir las verdades, por más crueles que ellas sean. Pensó en que solo los más nobles creen en verdades; que es más fácil y cobarde pensar que todo es mentira. Pensó en todas las veces en que no creyeron en ella. En la soledad que eso le producía en el alma. Recordó las palabras denigrantes que le dijeron cuando descreyeron de ella.
Eso la entristeció por un momento fugaz. Aquel recuerdo ni siquiera valía la pena.
Terminó el contenido de su copa. Las gatas abrazadas ignoraban su pena.
Sintió que no necesitaba más que eso para sentirse plena.
Música que la acompañara.
Vino que la llenara.
Compañía animal, que la satisficiera.
Pensó en aquellos hombres que fugazmente pasaron por ella.
Con un futuro prometedor que sabía era ilusorio.
Pensó en aquellos hombres que re aparecían.
Con un pasado lamentable que sabía era de falsa compañía.
Si tan solo encontrara paz con ella misma.
Cuánta felicidad eso le daría.
Pero no.
Sola siempre estaría.
Cansada ya de tanta cacería.

lunes, 29 de junio de 2015

A thousand kisses deep

Don't matter if the road is long
Don't matter if it's steep
Don't 
matter if the moon is gone
And the darkness is complete
Don't
matter if we lose our way
It's written that we'll meet
At least,
that's what I heard you say
A thousand kisses deep

miércoles, 29 de abril de 2015

Kurt Cobain Montage of Heck Official Trailer 2015

Astor Piazzolla : Adiós Nonino, Oblivion, Libertango, Ave Maria & many o...

Édith Piaf - Ne me quitte pas - Un tema favorito -

Jean François Casanovas: Edith Piaf ---Hermoso homenaje----

"Fénix" (1984) 4ta. parte - Invierno y Epílogo ----Casanovas, el arte no muere jamás. 29/04/2015)

"Fénix" (1984) 3ra. parte - Otoño -Jean F. Casanovas 29/04/2015 RIP---

"Fénix" (1984) 2da. parte - Verano -En su memoria, no te apagues en el olvido Casanovas.

"Fénix" (1984) 1era. parte - Prologo y Primavera ----------Jean F Casanovas RIP 29/04/2015-