sábado, 10 de mayo de 2014

4- Carne viva



Con la mirada hacia algún punto invisible del otro lado de la calle, Dita vagaba en su mente tras las palabras que mejor definirían a Martín y lo que había significado para ella conocerlo, lo que implicó concretar el encuentro tan ansiado por los dos.

— ¿Podrá decirme qué piensa?— oyó que la convocaban desde algún lugar de la realidad.  A Dita, la voz de Isaac Rubinstein le sonaba amortiguada, como si el sonido hubiese tenido que atravesar un denso muro, grueso pero transparente, que los apartaba, en dimensiones disímiles.

—Martín es como yo—exhaló en una frase por fin.

— ¿Qué significa eso?

—Martín tiene profundidades densas, obscuras, caóticas, confusas y retorcidas pero a la vez, y en consecuencia a eso mismo, muestra sus superficialidades suaves, placenteras, risueñas, simpáticas, muestra su luz clara, cristalina, pura a flor de piel —prosiguió hundida en sus propias palabras, aun con la mirada perdida en la ventana frente al diván que daba a la calle pero que la sumía en su interior. —Él es como yo, tal vez por eso nuestra atracción inequívoca fue inmediata. Nuestros sentidos están en sintonía, se ensamblan cuando estamos juntos, cuando conversamos nos entendemos mas allá de las palabras que digamos... creo que aún en silencio y ciegos y sordos podemos llegar a comunicarnos con el lenguaje inaudito de nuestras bocas mudas —Dita se miró las manos por un instante y continuó—…cuando nos conocimos, ambos tuvimos el irrefrenable impulso del contacto corporal. La distancia entre nuestros cuerpos se mantuvo aquella primera vez siempre al límite del contacto, del roce, del piel con piel, del calor al tacto. Nos atrajimos desde el instante cero, desde el momento en que los dos ocupamos el mismo cuadrante, en el preciso instante que entramos a los cinco metros de distancia en torno al otro, en ese momento y lugar exactos en que nuestras auras se interpusieron y cobraron un matiz nuevo, inédito. Todo cambió desde el mismo momento en que por consecuencia del destino, o por nuestras propias voluntades, tuvimos que respirar el mismo aire, habitar el mismo aquí y ahora -o por mera ocurrencia de coincidencias-; nada fue igual desde el instante en que nos encontramos por primera vez en nuestras vidas. Algo cambió, algo alteró nuestro orden, algo sucumbió o estalló o despertó allí, en el punto exacto en el que dos líneas rectas se cruzan para seguir con sus respectivas trayectorias; con sus sendas coordenadas de tiempo y espacio, aquellas que venían siguiendo pero que a partir de ese accidental encuentro, fortuito, desean no separarse más; o no pueden despegarse más o necesitan permanecer en contacto, en profundo contacto... 

— ¿Se refiere al contacto corporal? ¿Sexual?

—Sí, tal vez al principio parecía que era el simple deseo sexual, carnal, pasional pero la conexión iba mucho mas allá de lo superficial que puede parecer el acercamiento sexual. Yo sentí a Martín en mi cuerpo pero no sólo físicamente; él no fue una invasión como en otros casos, en esos que usted ya conoce. —Dita sacó de su cartera una botellita de agua, la abrió y bebió sedienta hasta una cuarta parte de su contenido sin dejar de observar a través de la ventana. Tapó el envase y lo regresó a su bolso y continuó: —Martín es diferente—volvió la vista hacia Rubinstein y lo observó fijamente a los ojos—Martín me conecta a alguien que fui antes y que en algún determinado momento dejé de ser. Es como si entrando en mí, nuestros genitales hubiesen obrado cual conectores de cobre que al mero contacto alimentaran un mecanismo que permanecía desactivado. Con Martín dentro de mí... yo recordé la que una vez fui, volví a mí. A mi ser primario.

—No sé si logro entender lo que me quiere decir, esta vez sí que admito estar perdido con lo que me está diciendo... ¿podría ser un poco más precisa?—Rubinstein entrelazó los dedos de las manos apoyándolas delante suyo sobre el gran escritorio de vidrio macizo, se incorporó levemente hacia adelante como si eso lo ayudara a entender mejor, o por lo menos a escuchar mejor.

—Doctor, estoy diciéndole que estar con Martín hizo que yo volviera a ser yo, la que soy en realidad y a la que fui abandonando a causa de malos amores, a causa de desengaños, por culpa de mis elecciones. De tanto llevar a cuesta relaciones imprósperas, de cargar con la responsabilidad autoimpuesta de ser de dos en la pareja la única que gestionara esos detalles para que la cosa funcionara para y por los dos; de ser la promotora de la felicidad y montar la fachada de la pareja de tal para cual, del uno para el otro y mil cosas más... mi espíritu se erosionó, se limó tal vez; o al menos se apagó sin que yo me diese cuenta. 

—Entiendo. La rutina genera esos desgastes que muchas veces se tornan irrecuperables—agregó el terapeuta como si se le escapara un pensamiento en voz alta.

—Por eso mismo doctor es que digo que sentirlo a Martín dentro de mí me despertó. Como si dejarlo entrar en mi cuerpo hubiese sido dejarlo entrar en mi mente y dejado liberar a la mujer que soy en mi naturaleza. No puedo ser más precisa de lo que estoy siendo. Hacía mucho tiempo que no me sentía en semejante conexión con un hombre y Martín hizo que me despojara de todos mis prejuicios, culpas, miedos y me abandonara a sus brazos, como si esos brazos supiesen cómo contenerme, como si su cuerpo fuese parte del mío y ambos fuésemos piezas de un mismo rompecabezas que por un mero golpe de suerte se hallan el uno con el otro, el uno dentro del otro, el uno en perfecto empalme con el otro, el uno más el otro que conforman un nuevo uno indivisible. Martín no solo se metió en mi cuerpo sino que también en mi mente, y ahí quedé, en un permanente letargo y a la espera. No sé si alguna vez él volverá a mí o yo vuelva a él, lo que sí sé es que ya nada será igual a antes de él. Ni aún estando con mil hombres después de él yo volveré a sentir la misma completud, el ensamble justo. Estoy segura de eso. Martín me dejó…— Dita otra vez se perdió con la mirada en alguna parte del otro lado de la calle—en carne viva.

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