jueves, 17 de julio de 2014

6- Punto sin retorno.


Dita se acomoda junto al hogar encendido con una copa de vino. En penumbra observa la noche invernal del otro lado de la ventana. Se acurruca en soledad con la mirada prendida de un cielo particularmente vacío de estrellas.
Es el primer fin de semana sola luego de la separación. El primero de su hija, de cinco años, con su papá; el primero en la vida de su ex pareja como padre full time. El primero consigo misma en muchos años, más de lo que llevara la cuenta, unos ocho o nueve desde la última vez que recuerde ese tipo de soledad, temporal. La sensación no le resulta extraña, por el contrario, necesitaba sentirse así, una cita consigo misma, una reconciliación ansiada luego de mucho tiempo de resentimiento, de insatisfacción, de deudas internas.
Mira a su alrededor y ve con incredulidad que por fin alcanzó ese estado de libertad en ejercicio, esa libertad se materializa ante sus ojos en cajas y bolsas con libros, ropa, papeles, vajilla, juguetes, recuerdos, dolores, tristezas, angustias. Cada bolsa atesora un momento único, irrepetible, irreproducible, una cuota saldada con el paso del tiempo.
En ese estado de íntimo letargo piensa en Rubinstein y su advertencia reiterada de no caer en la trampa de la ilusión del ermitaño. De aquel que se siente arropado por muros impenetrables para cultivar una amorosa soledad. Nada que lo disturbe, nada que lo interrumpa en su idílica masturbación mental, ninguna distracción peligrosa que atente contra su arquitectura de portones, barrotes, compuertas que protegen su delicado y sensible ser.
Solo su hija es capaz de traspasar esas barreras con su mera presencia, solo ella. El resto está obligado a permanecer del otro lado de la fortaleza.
Dita hace un repaso meticuloso de aquellos que consiguieron traspasar sus límites, el padre de la nena encabeza la breve lista. No por mérito propio, sino por haberla fecundado y darle su joya más preciada, la pequeña parte de sí con autonomía, con carácter, personalidad y temperamento propios, pero tan semejantes a los suyos.
Pocos otros han llegado a esa instancia, alguno -más afortunado- que decidió ocultarse tras el manto pesado y profundo de los recuerdos.
Esa sensación de autocomplacencia, de plenitud solitaria, de solvencia emocional es para Dita, ahora, alcanzar un punto sin retorno. 

4 comentarios:

  1. A pesar de que cualquiera puede "volverse solo"; estar solo es un desafío extremo que no todos pueden soportar, y sólo lo soportan los que no creen que "es mejor mal acompañado que solo".

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Creo, y es una opinión absolutamente personal y sin demasiado análisis, que la soledad es insoportable cuando uno se da cuenta de quién es en realidad en el momento en que no tiene a nadie más que a sí mismo.

      Eliminar
  2. Nunca debemos permitirnos perder el dialogo con nosotros mismos aunque rodeados de seres siempre estemos. Jamas deberíamos permitirnos ser extraños a nosotros mismos y menos asustarnos de lo hemos cultivado en nuestra vida. Un paso tras otro siempre podemos dar y si el árbol torcido esta, encaminarlo siempre posible es, siempre.
    Kalis

    ResponderEliminar