jueves, 21 de septiembre de 2017

18. Todos tenemos nuestro propio infierno privado

Y le robaremos la llave a aquel incauto, insensato olvido de heridas grabadas en los huesos. 
Y nos esparciremos las cenizas de aquella que ya no es, por el territorio de las lineas de caras, estupefactas. 
Y llegaremos a casa una fría noche de invierno, nos descalzaremos para cerciorarnos de que seguimos sintiendo, aún, algo debajo nuestro.
Y nos beberemos el vino buscando una ventana al cielo. 
Nos miraremos las manos, manchadas.
Se nos aflojarán las rodillas, nos ahogará una honda pena en la garganta, espléndida, rebosante de dolor.
Sentiremos el picor en los ojos de las lágrimas que se amontonan para salir todas juntas, agarradas unas a otras.
El estómago se nos revolverá ante el recuerdo de aquel cuerpo violáceo en el piso de aquella cocina, intacta tras el paso de la Muerte Dama. 
La llama azul danzante en una de las hornallas, nada que quemar, nada más por arder en su picante calor.
La penumbra cubriéndolo todo a su paso, ya nada más.
Mil recuerdos se arremolinarán en nuestras diminutas mentes. Nada entenderemos de ahí en más. Nada tendrá sentido. No entenderemos la risa de los niños, ni la felicidad ajena, cuando apenas vamos arrastrando el peso del espanto detrás nuestro.
Subiremos, bajaremos escaleras. Saludaremos. Dormiremos. Comeremos. Contaremos anécdotas. Seguiremos una vida insatisfecha e incompleta. Esperaremos que llamen a nuestro número. Veremos marcharse a otros en el mientras tanto. Algunos lo esperarán con ansias. Otros, lo temerán.
Y volveremos a mirarnos en el espejo sin poder reconocernos. 
Y diremos nuestro nombre, sin pensarlo. Nos convertiremos en zombies autómatas, en entes. 
Volveremos a aquel lugar donde alguna vez reímos hasta las lágrimas, y nos costará entenderlo. 
Nos serviremos un vaso de alcohol hasta el tope, lo beberemos todo en tres o cuatro grandes tragos, y aún así el ardor en el pecho será nada comparado al dolor del corazón.
Gritaremos escupiendo sangre. Golpearemos paredes hasta destrozarnos las manos, y nada será semejante al pozo negro en el que ha caído nuestra alma.
Nos arrancaremos los ojos, la piel, la voz. Nada quedará de nosotros. 
Nos hundiremos, infinitamente, en el hoyo profundo y oscuro de nuestro propio infierno.

Todo esto es para mí, el duelo.

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