El lujo es vulgaridad — y otros malentendidos
Murió el Indio Solari el viernes 5 de junio. Tenía 77 años y estaba enfermo de Parkinson. Y desde ese momento, Argentina hizo lo que sabe hacer mejor que ningún otro país del mundo: convertir una muerte en un ritual colectivo donde el duelo personal, la identidad política y el espectáculo se mezclan hasta volverse indistinguibles.
No soy ricotera. Nunca lo fui. Quizás por eso puedo ver lo que los que están adentro no pueden — o no quieren — ver.
Lo que se ve en la calle
Desde las primeras horas, miles de fanáticos se reunieron en Plaza de Mayo. Banderas, bengalas, pogos y lágrimas. Las imágenes que se viralizaron no son las de gente cantando en silencio con una vela. Son otras. Adolescentes en la vereda que no pueden hilvanar dos palabras. Gente que expresa su dolor con el cuerpo porque las palabras no alcanzan — o nunca estuvieron disponibles.
No es todo el universo ricotero. Sería injusto y falso decirlo. Pero es lo que gana visibilidad. Y eso también dice algo: sobre el fenómeno, sobre lo que se celebra, sobre lo que se llora.
Porque lo que se llora no es solo un músico. Se llora una época. Una adolescencia. Una versión de uno mismo que vivió sus zonas más oscuras con esas canciones de fondo. Cuando se muere el ídolo que te acompañó ahí, en lo más roto, te caen todas las fichas juntas: que eso pasó, que eso se fue, y que vos también, en algún momento, te vas a morir. El Indio Solari no era una persona para mucha gente. Era un espejo. Y los espejos, cuando se rompen, asustan.
El mito y su mecánica
Era conocido por su bajo perfil y su esquiva relación con los medios tradicionales. Esa distancia no era humildad — era estrategia. El líder inalcanzable es siempre más poderoso que el líder accesible. Lo teorizó Goebbels, ministro de propaganda de Hitler, que entendió que el mito necesita distancia para sobrevivir — y que una masa que no piensa individualmente es una masa que no cuestiona. No es una comparación de ideologías: es una comparación de mecánicas. Y la mecánica del Indio Solari, como la de ciertos fenómenos políticos que frecuentan el mismo universo humano, es textbook.
Popular pero inalcanzable. Cercano en la letra, remoto en la persona. Predicando la austeridad desde una casa en Parque Leloir. Un mesías que nombra a los rotos sin ser uno de ellos. Esa contradicción no era una falla del personaje — era su núcleo. La distancia fabricaba la devoción. Y la devoción fabricaba las entradas, los shows, el patrimonio.
No es casualidad que el universo ricotero y el universo kirchnerista compartan tanta geografía humana. Son la misma mecánica aplicada a distintos escenarios: el discurso épico, el enemigo común, la identidad colectiva que reemplaza al pensamiento individual, el líder que interpela a los de abajo sin bajarse nunca del pedestal.
El robo más elegante de la literatura argentina
En Un poco de amor francés, del álbum La mosca y la sopa de 1991, la letra dice: "El lujo es vulgaridad, dijo, y me conquistó."
Tres palabras que millones convirtieron en lema, en bandera, en tatuaje. En una declaración de principios contra el consumismo. El problema es que nadie leyó con atención.
La frase no la dice el Indio. La dice ella — una mujer que seduce precisamente porque leyó lo que los demás no leyeron. La frase es el marcador de su diferencia intelectual. Es, en la canción, una burla suave a los que no entienden. El lema ricotero es, irónicamente, una distinción que sus propios fans nunca pudieron alcanzar.
¿Y de dónde viene la frase? El propio Solari reveló en sus memorias que la había escuchado de alguien que no recordaba. Era Borges. Jorge Luis Borges — el escritor más críptico, más deliberadamente inaccesible de las letras argentinas. Bioy Casares también había escrito algo similar en 1954: "En todo lujo palpita un íntimo soplo de vulgaridad." La idea flotaba en el aire de los que leían. El Indio la tomó sin recordar de quién era y la puso en la boca de un personaje de canción.
Puede ser genuino el olvido. También puede ser la movida más borgeana posible: citar sin citar, apropiarse sin apropiarse, dejar la autoría en el limbo para que la frase flotara sin dueño — y él quedara como el único que sabía usarla. El resultado fue el mismo en cualquier caso: millones corearon una frase de Borges creyendo que era del Indio, sin entender que en la canción los estaba, suavemente, mirando de arriba.
Lo que el mito no hace responsable
El 11 de marzo de 2017, en Olavarría, dos personas murieron por asfixia y al menos ocho resultaron heridas. Habían concurrido más de 300 mil personas cuando el predio estaba habilitado para 200 mil. La salida fue un desastre: lodazal, oscuridad, hacinamiento, rutas colapsadas, sistema sanitario al límite.
Judicialmente, ni Solari ni el intendente figuraron entre los acusados. La responsabilidad legal recayó sobre los organizadores. Pero la responsabilidad moral es otra conversación — una que el Indio nunca tuvo públicamente con su público.
Y el remate irónico lo escribió la realidad sola: el Ejército argentino dio alojamiento, agua potable y transporte a los fans varados que no tenían cómo volver. Los mismos que habían llegado coreando "yuta hija de puta" terminaron haciendo fila para recibir un plato de comida de las fuerzas que más despreciaban. El Indio, mientras tanto, ya no estaba.
Ese es el retrato más fiel del contrato entre el ídolo y su masa: él convoca, ellos van, algo sale mal, y la cuenta la pagan otros — el municipio, el Estado, el Ejército, los propios fans entre sí. El mito sale intacto. Siempre.
El negocio del patrimonio
La separación definitiva de Los Redondos no fue por las canciones. Fue por el control de los archivos — el material audiovisual histórico, los recitales, las grabaciones. El Indio peleó hasta el final por el control del mito. Porque siempre supo que el negocio real no era la música. Era la imagen.
Años después, en 2023, desmintió en redes sociales los rumores sobre su fortuna. "No tengo propiedades en Nueva York ni en París ni avión privado", escribió. Puede ser cierto. Pero la necesidad de aclararlo revela algo: la distancia entre el personaje que predicaba que el lujo es vulgaridad y la pregunta inevitable sobre cómo vivía el hombre detrás del personaje nunca dejó de incomodar — ni a sus fans ni a él.
Lo que queda
Nada de esto borra que las canciones existieron, que interpelaron a generaciones, que algo genuino hubo en ese vínculo entre letra y oyente. Las zonas oscuras necesitan palabras, y para mucha gente esas palabras llegaron de ahí.
Pero sí invita a preguntarse: ¿a quién le servía ese vínculo más? ¿Al que escuchaba, que encontraba en las letras algo que nombraba su dolor? ¿O al que cantaba, que construyó una leyenda — y una fortuna — sobre la marginalidad ajena, desde una distancia siempre calculada, siempre segura?
Los ídolos no mueren. Se convierten en lo que siempre quisieron ser: un mito sin fecha de vencimiento, immune a la verificación, más grande en la muerte que en la vida.
El lujo, decía Borges, es vulgaridad.
Qué irónico que nadie lo haya entendido.


