Cuando uno es inmortal, literalmente no tiene nada que perder. Si me dan a elegir entre EXPERIENCIA y MORTALIDAD o INEXPERIENCIA e INMORTALIDAD, elijo ésta segunda. La decisión es obvia. Tengo toda la vida para equivocarme, incansablemente.
Y le
robaremos la llave a aquel incauto, insensato olvido de heridas grabadas en los
huesos.
Y nos
esparciremos las cenizas de aquella que ya no es, por el territorio de las
lineas de caras, estupefactas.
Y
llegaremos a casa una fría noche de invierno, nos descalzaremos para
cerciorarnos de que seguimos sintiendo, aún, algo debajo nuestro.
Y nos
beberemos el vino buscando una ventana al cielo.
Nos
miraremos las manos, manchadas.
Se nos
aflojarán las rodillas, nos ahogará una honda pena en la garganta, espléndida,
rebosante de dolor.
Sentiremos
el picor en los ojos de las lágrimas que se amontonan para salir todas juntas,
agarradas unas a otras.
El estómago
se nos revolverá ante el recuerdo de aquel cuerpo violáceo en el piso de
aquella cocina, intacta tras el paso de la Muerte Dama.
La llama
azul danzante en una de las hornallas, nada que quemar, nada más por arder en
su picante calor.
La penumbra
cubriéndolo todo a su paso, ya nada más.
Mil
recuerdos se arremolinarán en nuestras diminutas mentes. Nada entenderemos de
ahí en más. Nada tendrá sentido. No entenderemos la risa de los niños, ni la
felicidad ajena, cuando apenas vamos arrastrando el peso del espanto detrás
nuestro.
Subiremos,
bajaremos escaleras. Saludaremos. Dormiremos. Comeremos. Contaremos anécdotas.
Seguiremos una vida insatisfecha e incompleta. Esperaremos que llamen a nuestro
número. Veremos marcharse a otros en el mientras tanto. Algunos lo esperarán
con ansias. Otros, lo temerán.
Y
volveremos a mirarnos en el espejo sin poder reconocernos.
Y diremos
nuestro nombre, sin pensarlo. Nos convertiremos en zombies autómatas, en entes.
Volveremos
a aquel lugar donde alguna vez reímos hasta las lágrimas, y nos costará
entenderlo.
Nos
serviremos un vaso de alcohol hasta el tope, lo beberemos todo en tres o cuatro
grandes tragos, y aún así el ardor en el pecho será nada comparado al dolor del
corazón.
Gritaremos
escupiendo sangre. Golpearemos paredes hasta destrozarnos las manos, y nada
será semejante al pozo negro en el que ha caído nuestra alma.
Nos
arrancaremos los ojos, la piel, la voz. Nada quedará de nosotros.
Nos
hundiremos, infinitamente, en el hoyo profundo y oscuro de nuestro propio
infierno.
Capítulo XVI: No pasa un sólo día en que no piense en ella...
No pasa un
sólo día en que no piense en ella, desde hace cuatro años.
Desde el
instante exacto en que la vi por primera vez, hasta el último beso de
despedida.
Desde el
instante en que la vida decidió trucar nuestros caminos, para que
indefectiblemente luego deseáramos transitar un nuevo sendero, juntos, por
siempre.
Desde el
perfume inconfundible de su piel.
Desde aquel
mágico e inolvidable instante en que me perdí en sus ojos y nada volvió a ser
igual.
Desde ese
milagroso arrebato de hundir mis dedos en su cabellera sedosa para no querer
nunca más salir de allí, jamás.
Desde el
momento en que nos dijimos con el corazón lo que nunca habíamos creído poder
decir.
Desde
aquella noche en que lloró en mis brazos y no supe qué decirle.
Desde ese
único momento en que deseé haberla conocido antes, que hubiese sido ella y sólo
ella mi mujer, la única.
Y desde
entonces es que cualquier suceso, por pequeño, pueril, insignificante,
cotidiano que parezca, me empuja hacia su recuerdo.
El eco de
su risa resuena aún, lejana y sorda, en mi mente.
La foto de
su sonrisa me transporta a la dicha de sentirme dentro suyo, como nunca, como
nunca después.
Un cielo,
un paisaje, un color, un aroma, una canción, una palabra, un silencio.
Todo tiene
algo suyo porque veo todo a través de su recuerdo.
Una
película, una tristeza, una tela, una ventana, una dicha.
Inequívocamente
me hace saltar hacia el abismo de no tenerla.
Mirarme las
manos, sacarme los lentes y esperar sus caricias, en vano, me hunde el pecho y
me cierra la garganta.
Dita
escuchaba en silencio aquella profunda declaración de amor, que no le
correspondía ni le pertenecía y sintió que se le humedecían los ojos. Entendía
perfectamente ese sentimiento puro, genuino, auténtico. Se reconocía haber
estado ella también en ese lugar, en las sombras de la pena. En la angustia del
tiempo que no pudo ser.
Se
reconoció en no dejar pasar ni un sólo día sin pensar en aquel alguien...
La puerta de entrada del caserón de Belgrano se abrió tras un
sonido metálico. La cara de Rubinstein se asomó amable con una sonrisa. Dita entró
y estrechó una mano a su terapeuta, se recostó plácida en el diván frente al
gran ventanal hacia la calle, dejó la cartera a un costado junto a su cuerpo.
─ ¿Cómo está?
─preguntó Rubinstein mientras servía café en un diminuto pocillo blanco.
─Bien.
─Mis
condolencias. Supe lo de su hermano, y lo de su hermana─ expresó Rubinstein
mientras le alcanzaba el platito con el pocillo de café, amargo.
─Gracias. ─
Dita sorbió apenas el café humeante. Al cabo de unos minutos y con la mirada
fija en el celeste cristalino que contemplaba a través de la ventana se
recompuso y exclamó: ─ ¡Apareció Martín! ─con notable ánimo de cambiar de tema.
─ ¿Martín?
Recuérdeme quién es Martín, por favor ─Rubinstein encendió su Tablet con la
intención de rastrear aquel nombre en el historial de su paciente.
─Martín es
aquel que un día conocí y con el que supe recuperar mi esencia, en aquel
momento creí haber reencontrado mi ser. Le hablé de Martín doctor. Busque en
sus archivos. Martín es un hombre de cabello enrulado, de pelo en el pecho, de
profundidades abstractas, Martín es el hombre que me habló de amor heroico. ¿Lo
encontró? Si no lo ubica le cuento que lo busqué y lo encontré.
─ ¿Por qué
recurrió a Martín?
─ ¿Por qué
no?
─ ¿Para qué
lo buscó?
─Lo busqué
porque sí.
─Esa es una
respuesta infantil, permítame decirle.
─Lo sé. Y
tampoco me importa. Necesitaba reencontrarme con Martín. Subirme a su locura
genial. Necesitaba volar con él. Martín me transporta a otro estado.
─ ¿Necesita
a Martín para evadirse, acaso? ─punzó el terapeuta sagaz.
─No. No me
evado con él sino todo lo contrario, me reencuentro. Martín es un enlace a mi
esencia. ─Dita terminó el café y dejó el pocillo en su platito en una mesa
junto al diván.
─ ¿Cómo fue
su reencuentro con Martín, entonces?
─Inesperado.
─Creí
entender que lo había convocado, ─se excusó el terapeuta.
─Y sí, lo
busqué yo. Le escribí un correo diciéndole que quería verlo y él me respondió
que también quería un encuentro y entre idas y venidas de correos, logramos
vernos. Coincidir con Martín no es tan sencillo, doctor.
─ ¿Por qué?
─Porque
tiene sus tiempos.
─Y usted
los suyos, como todo el mundo. ¿Por qué cree que los tiempos de Martín son
particularmente complejos?
─Bueno, no
lo sé exactamente. Sé bastante poco de él ahora que lo analizo con usted.
Dita volvió
la mirada hacia el ventanal abierto que daba hacia un cielo profundamente
celeste.
─ ¿Volverán
a verse? ─indagó Rubinstein.
─Eso espero─
contestó Dita sin dejar de contemplar el cielo desde la ventana.
Camino a
casa, mientras conducía su auto, evocó en las profundidades de sus recuerdos,
sus charlas con Martín. Hubiese preferido conocerlo en otro momento de su vida,
lamentó.
Si tan solo
sus caminos se hubiesen cruzado más temprano, sin tantas heridas sin sanar.
Estacionó el auto en la calle y entró a su casa. Se descalzó al tiempo que
dejaba su cartera colgada en el perchero junto a la puerta de entrada. Abrió la
heladera y se sirvió una copa de vino blanco, frío.
Las gatas
corrieron a recibirla y se acomodaron en el sofá junto a ella. La soledad en
aquel momento, aquella maravillosa y predecible quietud la invitaban a
reflexionar en lo que sentía entonces.
Bebió un
largo sorbo de la bebida y pensó en que se merecía alguien que la observara
como si tuviese el mundo entero a sus pies, que no le correspondía menos que
aquel dispuesto a escucharla con toda la atención del mundo y que recordara con
perfecto detalle sus comentarios más reflexivos.
Sintió que
valía lo suficiente como para que un hombre tuviese el coraje de abrazarla
antes de que ella misma sintiera desfallecer por penas o profundas tristezas.
No debería
aceptar menos que un hombre dispuesto a hablarle desde el corazón abierto con
palabras puras y sinceras. Ella era lo suficientemente valiosa para tener a su
lado un hombre íntegro, con honor, un caballero capaz de quitarse la capa en
una reverencia tras su paso. Ella merecía un hombre de amor heroico, aun cuando
no fuese alguien como Martín.
Dita salió
del vestidor con el enterito negro que se acababa de probar cuando la llamaron
al celular. En el visor vio que se trataba de su cuñada, a 3.600 kms de
distancia.
- ¡Hola!
- El gordo
se me fue... -sollozaba la desgarrada mujer del otro lado de la línea.
- ¿Qué...?-
Dita no lograba entender lo que significaba aquella frase tan simple y
determinante.
- El
gordito se fue...-continuó llorando desde la más profunda de las penas
acongojada en un llanto ahogado de dolor.
-Se fue. -
continuó llorando su cuñada desconsolada.
-Está bien,
está bien. No sufre más. Se acabó Ana. Terminó su dolor, ahora solo queda el
nuestro -pudo decir tratando de que sus palabras, aunque crueles a 3.600 kms de
distancia del cadáver de su hermano, pudieran apenas calmar artificialmente el
infinito dolor de aquella mujer cuyo marido recién fallecía -Voy a la casa de
mis viejos para decirles, no te preocupes, yo les digo -determinó.
Decidió ser
ella la que les diera la peor noticia que puede recibir una madre preocupada
por sus hijos, y siempre presente; y un padre anciano y perdido en una
incipiente demencia senil en sus ochenta y dos años de vida. Decidió ser ella
la que les dijera en persona que el mayor de sus tres hijos estaba muerto. Era
un anuncio que merecía ser contado en persona, con un abrazo que los contuviera
y los sostuviera ante el shock de la conmoción de tal tristísima comunicación.
Con los
ojos hinchados y rosados ensayó mil y una posibilidades para contarles la
muerte de su hijo. Ninguna de las versiones le pareció la menos dolorosa. Todas
eran terribles. Todas eran trágicas. Todas eran horribles e injustas. La muerte
de un hombre de cuarenta y ocho años, esposo dedicado y amoroso, padre de una
jovencita de dieciocho y de un chico de doce, era una tragedia sin importar las
palabras que se eligiesen para disminuir el horror.
Por fin
llegó a la casa materna. Entró. La perra que siempre solía recibirla con
empujones y saltos la esperó, aquella vez, quieta a que se acercara para
acariciarle la cabeza. Tal vez supo que traía novedades que no merecían el
saludo ritual alegre de vueltas y saltos.
Su madre
abrió la puerta y la recibió sonriente, algo sorprendida por la visita
inesperada.
-¿Qué hacés
hoy por acá? Viniste a comer, qué raro que no llamaste antes...
-Mamá. -Se
acercó y la abrazó para sostenerla-Ana me llamó hace un rato. Rodolfo murió. -dijo
sin pensar y largándose a llorar al tiempo que su madre lanzaba un llanto desde
las entrañas, partiéndola en dos.
-Ana me
dijo que Rodolfo no quiso contarnos que había estado internado entre Navidad y
Año nuevo. No quiso que nos preocupáramos, por eso no nos contó cada vez que se
comunicó con nosotras, para preguntarnos por la salud de Elizabeth.-. La menor
de las hermanas estaba atravesando por una complicación severa de salud. Había
perdido un embarazo de treinta y tres semanas por un atípico caso de hematoma
hepático encapsulado, tal vez causado por una posible pre eclampsia, presión
arterial alta, y por aquellos días volvía a quedar internada en un lapso de
apenas dos semanas debido a una inusual fiebre repentina.
-Ahora...
¿cómo se lo contamos a papá? -la mujer se tapó la boca con una mano en un gesto
de consternación y angustia.
Entraron a
la cocina donde el anciano almorzaba sopa de verduras en silencio y con la
mirada perdida hacia el televisor encendido.
-Iván.
Rodolfo murió. -le dijo la mujer a su esposo que seguía comiendo inmutable y
mudo mirando el televisor. - ¿Entendés lo que dije? Rodolfo murió, esta mañana,
recién. Ana llamó para avisar-le explicó la mujer en voz muy alta para que el
anciano escuchara lo que le estaba diciendo-, ¿entendés lo que eso significa?
No lo vamos a volver a ver jamás-remató duramente largándose a llorar mientras
se dejaba caer en una de las sillas de la cocina.
-Bueno
-dijo el padre mientras seguía comiendo su sopa sin quitarle la vista al televisor.
La madre
preguntó si Elizabeth ya sabía de la muerte de Rodolfo, Dita negó con la
cabeza.
La mujer se
levantó de la silla y cansina fue hacia el teléfono.
Dita
observaba a su padre que seguía comiendo monótono su sopa de verduras,
anaranjada por la abundante cantidad de zapallo en ella.
Lo miraba
comer sin gestos e intentó recordar la última vez que lo había visto sonreír,
que lo había visto bromear, que lo había escuchado hacer algún comentario
acertadamente irónico.
En un
momento se sintió observada por su padre que terminó su sopa con un último
sorbo de la cuchara. Tomó un repasador para secar su bigote ceniciento y la
miró a los ojos.
-La muerte
es una puerta. Ya la dejarán abierta para mí-afirmó con convicción y una
inquietante mueca en los labios, que se asemejaba a una leve sonrisa.
Dita se
marchó a su casa pensando en las palabras de su padre. Nada volvió a ser igual.
Y el día
del que tanto le habían advertido que debía cuidarse, llegó. Se coló por las
hendijas de su refugio sin que pudiera hacer nada para evitarlo, ni aun
habiendo tenido conciencia o voluntad para ello. Se sirvió una medida de ron y
completó el vaso alto con agua tónica. Revolvió el contenido con la punta de un
dedo y siguió reflexionando mientras observaba el cielo estrellado desde su
cálido refugio, desde este lado del gran ventanal hacia la noche.
Ahí fue
cuando llegó el momento exacto en que tomó conocimiento de su Ser. Sí, de su
ser completo. No necesitaba a nadie más que a sí misma para sentirse entera.
Así como lo es, completa. Sin piezas faltantes.
El día que
supo que podía estar en este estado por lo que le restara por vivir ya era un
pensamiento concreto y corpóreo en su mente. Comenzaba a disfrutar profundamente
los momentos de total y plena compañía consigo misma.
El timbre
de su departamento la trajo a la realidad súbitamente.
Puso
música.
Salió a
abrir la puerta.
—¡Hola! —resplandeciente
saludó a su invitado.
—¡Hola! —la
beso fugazmente en los labios Gerardo, uno de sus amantes favoritos...
Juntos, de
la mano, caminaron hacia el departamento de ella.
En cuanto
entraron se besaron apasionadamente recorriéndose los cuerpos por completo.
Ella cerró la puerta con llave sin dejar de besarlo.
—A ver...
date una vueltita para que pueda verte mejor —le dijo mientras retrocedía dos
pasos para no perderse una vista general de ella, que le resultaba
asquerosamente atractiva, aún llevándole más de una década en edad.
Ella giró
sobre sus talones mostrándole todas y cada una de sus voluminosas y
proporcionadas curvas.
—No podés
estar tan buena, ¡Dita! —exclamó él mientras se sacaba la campera y se
descalzaba por completo.
—No estoy
buena, ¡es que vos me ponés buena! —bromeó mientras se le acercaba nuevamente
para besarlo mientras lo sostenía fuerte de las nalgas. Así era Dita.
Juguetona.
Pasaron
aquella noche de sábado juntos. Durmieron, hubo sexo, hubo sueños, hubo
fantasías, más sexo, hubo un desayuno amoroso y hubo una partida.
Todo volvía
a la normalidad. Se dio un baño largo y caliente, ya en su cómoda soledad.
Sentía que ahora tenía todo el tiempodel mundo para estar consigo misma, otra vez. Una sonrisa
resplandeciente se le dibujada en la boca.
A media
mañana del domingo la propietaria del departamento, y vecina, Elvira, quería
ver su última obra. Le abrió la puerta con desgano pero enseguida hablar de
acrílicos, lienzos, y pinceles la motivaron y la volvieron verborrágica por ese
hobbie que tanto la apasionaba. Pintar la hacía sentir plena.
La dueña
saludó a Uma, la mayor de las gatas recientemente adoptadas. La confundió con
Millie, la gata azul rusa que se mudó primero al departamento.
Dita sabía
que el problemita de visión de la propietaria y la tímidez natural de Millie
favorecían a la confusión de Elvira, que creía que había una gata, en lugar de
dos.
Al cabo de
un rato Elvira se fue, convocada por su pareja que la silvaba desde el otro
lado de la pared.
Cerró la
puerta tras de sí, colgó el bolso en el perchero junto a ella, se descalzó al
mismo tiempo que se quitaba el tapado y caminó directo hacia la vitrina donde
colgaban enormes y brillantes copones de cristal, en el pequeño living del
departamento que alquilaba. Abrió la heladera y se sirvió una medida abundante
de vino blanco, su nueva bebida favorita. Con el control remoto encendió el
equipo de audio conectado al televisor plano.
Con la
enorme copa en una mano caminó hacia la mesada de la cocina, encendió una
hornalla y le acercó un tronquito de "Palo Santo". El leño comenzó a
quemarse lentamente mientras ella lo giraba para que el fuego lo cubriera por
cada uno de sus lados rectos. Por fin el abundante humo perfumado apareció con
ansias de cubrir cada espacio a su paso. Con el tronquito humeante recorrió
cada una de las habitaciones de su casa. El ritual evangelizaba su hogar, le
cambiaba el aroma. Las gatas presenciaban expectantes el recorrido del humo y
se erguían para olfatearlo mejor.
Luego de
dejar el agonizante palo carbonizado en un cenicero, se acomodó en su gran
sofá. Las gatas se le subieron en el regazo para recibir las caricias que les
correspondían como parte del obligado ritual.
Mientras
saboreaba el vino, disfrutaba de la música y de la única compañía de aquellas
gatas rescatadas, y agradecidas, recordó que precisamente ese día de invierno
estaba cumpliendo el primer aniversario de vivir en ese lugar. Pensó en todas
las cosas que ocurrieron en el transcurso de ese tiempo, de todas las cosas que
le pasaron a ella en particular. Pensó en la velocidad del tiempo, en la
fugacidad del transcurrir de las vidas, en la fragilidad de las personas, en lo
diminutos que somos en el espacio, en lo débil de nuestras vidas, en las
enfermedades de sus afectos, en el cáncer.
Dio varios
sorbos a la bebida y un cosquilleo frío le recorrió el cuerpo. Se le
endurecieron los pezones en ese instante y por algunos segundos, sintió helarse.
Se tapó con
un poncho que ella misma había tejido tiempo atrás y que siempre lo tenía a
mano en el sofá para esos momentos de repentino frío.
Ya había
pasado un año entero de su separación, de su mudanza, de su cambio de vida, de
su regreso a ella misma. Un año de vivir sola, con su hija algunos días a la
semana, pero sola durante el resto de sus días. ¿Cómo pasó que no se había dado
cuenta de eso antes?, se preguntó en silencio sin esperar respuesta.
Miró a su
alrededor y vio los cuadros que fue pintando en el transcurso de ese tiempo,
había empezado a convertir ese departamento en su refugio, en su escondite.
Sintió un inesperado orgullo el haber recuperado el placer de agarrar pinceles
y colores de nuevo.
Observó las
plantas colgando de las vigas de madera del techo, ¡tanto habían crecido ya
desde entonces! Como creció también su gusto por esa soledad nueva, o
recuperada.
En aquel
diálogo consigo misma se sintió completa. No necesitaba mucho más para estar
tranquila y a su manera, para ser feliz. Su hija había superado, en apariencia
al menos, la separación, su vida de agenda inquieta pero ya rutinaria. Parecía
más que adaptada y conforme con su nueva vida. Su pequeña parecía totalmente
adaptada a pasar tantas horas en el colegio nuevo, con un mundo novedoso
desplegándose ante sus inocentes ojos. Con sus clases de idiomas, con sus
clases de violín, de natación, de pocos nuevos amigos en el colegio, pero de
una multitud de actividades hasta ahora desconocidas. Se mostraba conforme y
contenta con esta rutina llena de cambios, de cosas hasta ahora solo por
descubrir.
La pequeña
había aceptado con beneplácito esta nueva etapa de su vida y crecía con una
notable madurez para afrontar de pie lo que la vida le presentara en cada
momento. Acaso era una virtud innata de la nena, acaso no le quedaba más
remedio que adaptarse a los cambios, acaso era todo una cuestión de actitud. No
encontró las respuestas.
Observó en
un rincón que las gatas dormían acurrucadas juntas, muy cerca una de la otra,
como si necesitaran algo más que el calor mutuo, como si se necesitaran, como
si ninguna de ellas tuviese a nadie más que la otra para garantizar su
subsistencia. Esa imagen la hizo reflexionar en la relación entre ella y su
pequeña. Y era así, pero de a ratos. La nena tenía a su padre y a su madre,
aún. Pero por separado.
Pensó
también en los acontecimientos de los últimos días. Del robo del auto. De la
declaración en la comisaría, pensó en el rechazo del seguro en cubrir los daños
ocasionados en aquel robo. Recordó todas y cada una de las veces que no
creyeron en sus palabras sinceras.
Se detuvo
en pensar en eso precisamente. En lo valiente que se debe ser para decir las
verdades, por más crueles que ellas sean. Pensó en que solo los más nobles
creen en verdades; que es más fácil y cobarde pensar que todo es mentira. Pensó
en todas las veces en que no creyeron en ella. En la soledad que eso le
producía en el alma. Recordó las palabras denigrantes que le dijeron cuando
descreyeron de ella.
Eso la
entristeció por un momento fugaz. Aquel recuerdo ni siquiera valía la pena.
Terminó el
contenido de su copa. Las gatas abrazadas ignoraban su pena.
Sintió que
no necesitaba más que eso para sentirse plena.
Música que
la acompañara.
Vino que la
llenara.
Compañía
animal, que la satisficiera.
Pensó en
aquellos hombres que fugazmente pasaron por ella.
Con un
futuro prometedor que sabía era ilusorio.
Pensó en
aquellos hombres que re aparecían.
Con un
pasado lamentable que sabía era de falsa compañía.
El Dr.
Isaac Rubinstein abre el archivo de su paciente luego de dos meses de
intervalo, la mira por encima de los lentes y le pregunta con calidez en la
voz.
—¿Cómo está?
¿De qué desea conversar?
—Estoy muy
bien, ¿usted? ¿Cómo está usted hoy? —le pregunta interesada en la respuesta de
su terapeuta.
—Estoy
bien, gracias por su interés. Dígame de qué quiere hablar hoy, por favor.
—Quiero
hablar de la hipocresía.
—¿Hipocresía
de alguien en particular o como una idea conceptual?
—Sí, de la
hipocresía en general, de la gente, de todos, de nosotros, de la suya, de la
mía, de la hipocresía cultural si quiere.
—¿En qué
sentido?
—De la
hipocresía de que nos importa lo que le sucede al otro, mientras que no es más
que un gesto artificioso que sabemos que a la larga nos redituará en algún
beneficio.
—Como por
ejemplo ¿preguntándome cómo estoy hoy?
—Exacto,
esa es una de las tantas formas que toma la hipocresía.
—Bueno,
demostrar interés por el otro es parte del protocolo de convivencia.
—De
conveniencia, si me permite corregirlo.
—¿Lo que
usted hace es por conveniencia exclusivamente?
—Últimamente
empiezo a creer que sí, que efectivamente lo que hago, en gran parte, es porque
me conviene hacerlo.
—¿Podría
ser más explícita por favor?
—Claro.
Preguntar por la salud de alguien que no vemos con frecuencia, o por su
situación sentimental, o por sus afectos, o por lo que sea es un acto de
hipocresía en sí mismo. Si pregunto por esos temas, hago pensar al otro que
realmente me interesa saber, conocer su situación hace que me gane su estima,
aunque no me interese en lo más mínimo.
—Se
describe a sí misma como un ser frío, egoísta, y sinceramente no creo que usted
sea en absoluto de esa manera. ¿Qué intenta demostrar?
—Algunas
veces acepto invitaciones a tomar algo de hombres, a veces a cenar, y me
terminan contando cosas que realmente no me interesa saber. Por no resultar
descortés, ni maleducada, los escucho con una atención fingida hasta les pregunto
sobre sus vidas , aunque no me interese en lo más mínimo conocer los detalles
de sus miserias, ni de sus fracasos sentimentales, ni de sus abandonos, ni de
sus desencantos, y sin embargo, sigo aceptando esas citas sabiendo de antemano
que va a llegar el momento en que se me desdibujará la sonrisa de los labios
cuando comiencen a contarme el cuentito de una vida llena de pesares, de
miedos, de pasados traumatizantes que nada tienen que ver conmigo, y ahí me
quedo, observándolos revivir el sufrimiento de un abandono inevitable, cantado
de antemano.
—¿Cuánto
placer le da ver al otro narrando cuestiones tan desagradables? Creo que
debemos tomar ese camino para entender lo que está sucediéndole.
—¿Placer?
—Sí,
placer. ¿Identifica una actitud morbosa en el indagar sobre las penas ajenas?
—No lo
había pensado antes pero sí, creo que tal vez me haga sentir mejor persona
saber que hay otros que la pasaron realmente mal. O tal vez, saber que otros
sufrieron mucho, minimice mi propio dolor.
—¿Qué más?
¿qué piensa? —le preguntó Rubinstein inclinándose levemente hacia adelante con
notoria curiosidad.
—Creo que
me conviene para mi propio beneficio saber que otros sufrieron más que yo y que
me cuenten sus desgracias me hace sentir libre.
—¿Libre?
—Sí, me
libera. Que otros me cuenten sus males hace que yo me olvide de los míos.
¿Entiende ahora doctor? El beneficio de la hipocresía.
Dita se
acomoda junto al hogar encendido con una copa de vino. En penumbra observa la
noche invernal del otro lado de la ventana. Se acurruca en soledad con la
mirada prendida de un cielo particularmente vacío de estrellas.
Es el
primer fin de semana sola luego de la separación. El primero de su hija, de
cinco años, con su papá; el primero en la vida de su expareja como padre full
time. El primero consigo misma en muchos años, más de lo que llevara la cuenta,
unos ocho o nueve desde la última vez que recuerde ese tipo de soledad,
temporal. La sensación no le resulta extraña, por el contrario, necesitaba
sentirse así, una cita consigo misma, una reconciliación ansiada luego de mucho
tiempo de resentimiento, de insatisfacción, de deudas internas.
Mira a su
alrededor y ve con incredulidad que por fin alcanzó ese estado de libertad en
ejercicio, esa libertad se materializa ante sus ojos en cajas y bolsas con
libros, ropa, papeles, vajilla, juguetes, recuerdos, dolores, tristezas, angustias.
Cada bolsa atesora un momento único, irrepetible, irreproducible, una cuota
saldada con el paso del tiempo.
En ese
estado de íntimo letargo piensa en Rubinstein y su advertencia reiterada de no
caer en la trampa de la ilusión del ermitaño. De aquel que se siente arropado
por muros impenetrables para cultivar una amorosa soledad. Nada que lo
disturbe, nada que lo interrumpa en su idílica masturbación mental, ninguna
distracción peligrosa que atente contra su arquitectura de portones, barrotes,
compuertas que protegen su delicado y sensible ser.
Solo su
hija es capaz de traspasar esas barreras con su mera presencia, solo ella. El
resto está obligado a permanecer del otro lado de la fortaleza.
Dita hace
un repaso meticuloso de aquellos que consiguieron traspasar sus límites, el
padre de la nena encabeza la breve lista. No por mérito propio, sino por
haberla fecundado y darle su joya más preciada, la pequeña parte de sí con
autonomía, con carácter, personalidad y temperamento propios, pero tan
semejantes a los suyos.
Pocos otros
han llegado a esa instancia, alguno -más afortunado- que decidió ocultarse tras
el manto pesado y profundo de los recuerdos.
Esa
sensación de auto complacencia, de plenitud solitaria, de solvencia emocional es
para Dita, ahora, alcanzar un punto sin retorno.
Pero aun
sabiendo esto, prefería acurrucarse en su escondite a lamerse, solitario, sus
propias heridas antes que exponerse; como si mostrarse golpeado emocionalmente
le doliese tal como punza el reflejo del sol brillante en los ojos luego de
haber estado por mucho tiempo en la oscuridad.
Martín se
refugiaba en sí mismo, replegado.Luego de un
agotador día de trabajo llegó a su casa; no se sorprendió el no hallar a nadie
esperándolo. Se quitó el morral de cuero y lo arrojó en el futón donde estuvo
durmiendo durante las últimas semanas.
Se quitó la
campera de gabardina verde y los zapatos al mismo tiempo; descalzo fue a buscar
un vaso de boca ancha a la barra del bar del pequeño living. Se sirvió dos
medidas de whisky, encendió un cigarrillo rubio y el equipo de audio.
Se recostó
en el futón, con una mano sostenía el vaso y el cigarrillo entre los dedos y
con la otra libre descorrió las cortinas de la ventana para ver la noche.
Cerró los
ojos y recordó el culo de Dita, entregado, suave y redondo. Sonrió y siguió
hurgando entre sus recuerdos buscando sus pechos, esos que pudo saborear y
acariciar con ternura y sosiego.
Con los
ojos cerrados, aspiró profundamente el cigarrillo y al cabo de un instante
abrió los ojos para ver la bocanada de humo azul ascendente hacia la noche.
En ese
instante pensó en el porqué del destino, en las coincidencias de conocer a esta
mujer que le quitaba el aliento entre sábanas, en el preciso, fausto instante
en el que buscaba un respiro.
¿Qué
designio del universo había trazado el curso de los dos para encontrarse en
este momento, en esta vida, a esta altura de las circunstancias? Justo cuando
el tiempo comenzaba a ralear entre el trabajo, su vida amorosa, sus
obligaciones familiares... ¿por qué?
A Martín
siempre le resultó placentero caminar en contra del viento. Le encantaba sentir
su propia corporeidad, su propio peso, su fuerza hacia alguna parte... pero
ahora sentía que su vida estaba inmersa en un vendaval rabioso que lo hacía
perder, por momentos, el curso de su vida, su cauce.
No se
sentía preparado para enfrentar estos vientos de cambio, aun cuando supo
anticipar oportunamente, que alguna vez este momento que atravesaba llegaría
por fin. Se sentía desilusionado, una vez más, por no haber acertado antes con
la mujer capaz de apreciar su amor heroico. Una vez más esperaba ordenar el
caos de su mente para descubrir la puerta de salida del momento, pero no como
una puerta de escape, sino como una puerta que le permitiese despresurizar el
ambiente, para tomar aire, para tomar distancia, para alejarse y entender mejor
el escenario que se le presentaba y pensar bien la próxima jugada del tablero
de ajedrez de su vida.
Martín
entendió entonces que tanto él como Dita no eran más que meros juguetes del
destino.
Con la
mirada hacia algún punto invisible del otro lado de la calle, Dita vagaba en su
mente tras las palabras que mejor definirían a Martín y lo que había
significado para ella conocerlo, lo que implicó concretar el encuentro tan
ansiado por los dos.
— ¿Podrá
decirme qué piensa? — oyó que la convocaban desde algún lugar de la
realidad.A Dita, la voz de Isaac
Rubinstein le sonaba amortiguada, como si el sonido hubiese tenido que
atravesar un denso muro, grueso pero transparente, que los apartaba, en
dimensiones disimiles.
—Martín es
como yo—exhaló en una frase por fin.
— ¿Qué
significa eso?
—Martín
tiene profundidades densas, obscuras, caóticas, confusas y retorcidas, pero a
la vez, y en consecuencia a eso mismo, muestra sus superficialidades suaves,
placenteras, risueñas, simpáticas, muestra su luz clara, cristalina, pura a
flor de piel —prosiguió hundida en sus propias palabras, aun con la mirada
perdida en la ventana frente al diván que daba a la calle pero que la sumía en
su interior. —Él es como yo, tal vez por eso nuestra atracción inequívoca fue
inmediata. Nuestros sentidos están en sintonía, se ensamblan cuando estamos
juntos, cuando conversamos nos entendemos más allá de las palabras que
digamos... creo que aún en silencio y ciegos y sordos podemos llegar a
comunicarnos con el lenguaje inaudito de nuestras bocas mudas —Dita se miró las
manos por un instante y continuó—…cuando nos conocimos, ambos tuvimos el
irrefrenable impulso del contacto corporal. La distancia entre nuestros cuerpos
se mantuvo aquella primera vez siempre al límite del contacto, del roce, de la
piel con piel, del calor al tacto. Nos atrajimos desde el instante cero, desde
el momento en que los dos ocupamos el mismo cuadrante, en el preciso instante
que entramos a los cinco metros de distancia en torno al otro, en ese momento y
lugar exactos en que nuestras auras se interpusieron y cobraron un matiz nuevo,
inédito. Todo cambió desde el mismo momento en que por consecuencia del
destino, o por nuestras propias voluntades, tuvimos que respirar el mismo aire,
habitar el mismo aquí y ahora -o por mera ocurrencia de coincidencias-; nada
fue igual desde el instante en que nos encontramos por primera vez en nuestras
vidas. Algo cambió, algo alteró nuestro orden, algo sucumbió o estalló o
despertó allí, en el punto exacto en el que dos líneas rectas se cruzan para
seguir con sus respectivas trayectorias; con sus sendas coordenadas de tiempo y
espacio, aquellas que venían siguiendo pero que, a partir de ese accidental
encuentro, fortuito, desean no separarse más; o no pueden despegarse más o
necesitan permanecer en contacto, en profundo contacto...
— ¿Se
refiere al contacto corporal? ¿Sexual?
—Sí, tal
vez al principio parecía que era el simple deseo sexual, carnal, pasional pero
la conexión iba mucho más allá de lo superficial que puede parecer el
acercamiento sexual. Yo sentí a Martín en mi cuerpo, pero no sólo físicamente;
él no fue una invasión como en otros casos, en esos que usted ya conoce. —Dita
sacó de su cartera una botellita de agua, la abrió y bebió sedienta hasta una
cuarta parte de su contenido sin dejar de observar a través de la ventana. Tapó
el envase y lo regresó a su bolso y continuó: —Martín es diferente—volvió la
vista hacia Rubinstein y lo observó fijamente a los ojos—Martín me conecta a
alguien que fui antes y que en algún determinado momento dejé de ser. Es como
si entrando en mí, nuestros genitales hubiesen obrado cual conectores de cobre
que al mero contacto alimentaran un mecanismo que permanecía desactivado. Con
Martín dentro de mí... yo recordé la que una vez fui, volví a mí. A mi ser
primario.
—No sé si
logro entender lo que me quiere decir, esta vez sí que admito estar perdido con
lo que me está diciendo... ¿podría ser un poco más precisa? —Rubinstein
entrelazó los dedos de las manos apoyándolas delante suyo sobre el gran
escritorio de vidrio macizo, se incorporó levemente hacia adelante como si eso
lo ayudara a entender mejor, o por lo menos a escuchar mejor.
—Doctor,
estoy diciéndole que estar con Martín hizo que yo volviera a ser yo, la que soy
en realidad y a la que fui abandonando a causa de malos amores, a causa de
desengaños, por culpa de mis elecciones. De tanto llevar a cuesta relaciones
imprósperas, de cargar con la responsabilidad auto impuesta de ser de dos en la
pareja la única que gestionara esos detalles para que la cosa funcionara para y
por los dos; de ser la promotora de la felicidad y montar la fachada de la
pareja de tal para cual, del uno para el otro y mil cosas más... mi espíritu se
erosionó, se limó tal vez; o al menos se apagó sin que yo me diese cuenta.
—Entiendo.
La rutina genera esos desgastes que muchas veces se tornan
irrecuperables—agregó el terapeuta como si se le escapara un pensamiento en voz
alta.
—Por eso
mismo doctor es que digo que sentirlo a Martín dentro de mí me despertó. Como
si dejarlo entrar en mi cuerpo hubiese sido dejarlo entrar en mi mente y dejado
liberar a la mujer que soy en mi naturaleza. No puedo ser más precisa de lo que
estoy siendo. Hacía mucho tiempo que no me sentía en semejante conexión con un
hombre y Martín hizo que me despojara de todos mis prejuicios, culpas, miedos y
me abandonara a sus brazos, como si esos brazos supiesen cómo contenerme, como
si su cuerpo fuese parte del mío y ambos fuésemos piezas de un mismo
rompecabezas que por un mero golpe de suerte se hallan el uno con el otro, el
uno dentro del otro, el uno en perfecto empalme con el otro, el uno más el otro
que conforman un nuevo uno indivisible. Martín no solo se metió en mi cuerpo,
sino que también en mi mente, y ahí quedé, en un permanente letargo y a la
espera. No sé si alguna vez él volverá a mí o yo vuelva a él, lo que sí sé es
que ya nada será igual a antes de él. Ni aun estando con mil hombres después de
él yo volveré a sentir la misma conexión, el ensamble justo. Estoy segura de
eso. Martín me dejó…— Dita otra vez se perdió con la mirada en alguna parte del
otro lado de la calle—en carne viva.
Una semana
después de acostarse con Martín, Dita concurrió a su cita con el Dr. Rubinstein
como hace cada miércoles de los últimos dos años. El consultorio del terapeuta
está en el antiguo caserón que Rubinstein tiene en Belgrano. A Dita le encanta
recostarse en el diván que da al ventanal con vista a la calle. Es mullido,
suave, cómodo.
—¿Cómo
está? —le preguntó Rubinstein mientras se acomodaba en su gran sillón
ergonómico de cuero negro.
—Bien.
Estoy bien.
—¿Algo de
lo que quiera hablar hoy? ¿Le pasó algo interesante durante esta semana? —Rubinstein
ya había encontrado en su gran tablet el archivo de su paciente con el registro
de todas sus anotaciones sesión por sesión.
—Hummm...
no, nada—respondió Dita con la mirada fija en un punto invisible en la calle.
Desde su ubicación podía observar los jardines y patios de las casas vecinas
del otro lado de la calle. Un perro callejero olfateaba la vereda de enfrente
persiguiendo el rastro, tal vez, de un bocado que saciara su hambre —En
realidad sí quiero hablar de algo—exclamó sorpresivamente—quiero hablar de
Martín—El terapeuta levantó la vista para observar a Dita que seguía con la
vista clavada en algún sitio del exterior, pero Rubinstein sabía que en
realidad su concentración estaba enfocada hurgando pensamientos en el fondo de
su mente.
—¿Quién es
Martín? —preguntó el hombre con curiosidad —Nunca lo había mencionado antes que
yo recuerde.
—Martín es
nuevo—respondió Dita volviendo la vista hacia el terapeuta y con una sonrisa
que le iluminó el rostro por completo.
—Y... ¿de
dónde salió este tal Martín?—preguntó Rubinstein mientras tipeaba el nombre
Martín en su tablet.
— Lo conocí
en un sitio de contactos.
—Ah... como
los otros...—comentó el terapeuta.
—Sí, como
todos los demás, pero éste es diferente.
—¿Qué lo
hace diferente?
—Martín es
profundo, complejo.
—¿Ya hubo
sexo entre ustedes?
—¿Ya? —preguntó
Dita levantando un poco la voz al tiempo que se le arqueaba una ceja como un
signo de interrogación.
—Sí. ¿Ya
hubo sexo entre usted y este tal Martín? —insistió Rubinstein.
—Sí.
—¿Y?
—Maravilloso.
—¿Qué más?
—¿Qué pasa
doctor? ¿Quiere que le dé detalles?
—Solo si
usted lo encuentra necesario... como en otras ocasiones con otros hombres con
los que mantuvo relaciones sexuales.
—¡Touché! —respondió
Dita con una sonrisa sarcástica.
—¿Qué tal
este Martín en la cama? ¿Qué edad tiene? ¿Es dotado? —preguntó el terapeuta.
—Muy bien
todo y no voy a entrar en detalles—respondió ella convencida de que tal
interrogatorio por parte de Rubinstein no era más que una provocación montada
más que un interrogatorio real —Martín es apenas unos meses mayor que yo y por
lo demás no tengo reproches por su miembro y el uso que hizo de él dentro de
mí—contestó con simpatía.
—Bien. ¿De
qué quiere hablar sobre Martín entonces? Sabemos que es profundo y complejo,
¿qué más?
—Es
inquietante.
—Siga.
Cuénteme qué la inquieta de Martín, por favor.
—Bueno —suspiró—
Martín es complejo, habla con metáforas, analogías; habla desde el
discernimiento entre lo correcto del pensamiento crítico y lo inmoral en los
hechos concretos. Martín entiende y sabe lo que es el amor heroico porque lo
conoce y hasta me atrevo a decir que en más de una ocasión lo habrá sabido
llevar a cabo. Martín sabe de amores no correspondidos y penas perpetuas,
eternas, sinfín. Él como pocos conoce el dolor, el sufrir, la agonía de perder
lo que se quiere en el aquí y ahora de los tiempos y aún así reconoce que el
amor legítimo es el que deja libre al ser amado, el que deja libre por siempre
corriendo el riesgo de pagar con el olvido tal libertad—los ojos de Dita se
inundaron de tristeza—, el precio más alto que una persona pueda llegar a
pagar, incluso, el precio del desprecio.
—¿Cuándo
vuelve a encontrarse con Martín? —preguntó intrigado Rubinstein.
—No lo sé.
Nadie lo sabe.
—¿Por qué
dice eso?
—Porque
Martín desapareció.
—¿Cómo lo
sabe?
—Hace una
semana que no sé absolutamente nada de él. Es el precio, doctor, es el precio. —Dita
volvió a quedarse quieta, hundida en sus propios pensamientos con la mirada
fija en algún punto del otro lado de la calle....