miércoles, 13 de febrero de 2013

CAPÍTULO 25: Irreversible. 3ª parte.


Sus ojos eslavos se quedaron petrificados al observar la figura que se le presentaba en el umbral de la habitación.
Se incorporó en la cama, incrédula. Lo miró de pies a cabeza sin comprender del todo si se trataba de una ilusión óptica, de un fantasma, de una mera fantasía, o si realmente él estaba allí, de pie, frente a ella, después de tanto tiempo. Julia abandonó la habitación cerrando silenciosamente tras de sí la compuerta del habitáculo. Eligió esperar afuera, optó por darles toda la intimidad que se debían el uno al otro.

—   Hola —la saludó con una sonrisa triste.

—   Hola —le respondió ella apenas con un hilo de voz.

Se acercó y pulsó un botón para que saliera una de las cuatro butacas ocultas debajo de la cápsula.

—   ¿Qué tenés, Polaco?—preguntó con preocupación.

—   Ochenta y ocho años —le contestó ella, ya recuperada del shock inicial.

Sonrieron, juntos, otra vez.

—   No, en serio. ¿Qué tenés? Julia me dijo algo pero quiero saberlo de vos misma —le confesó con palabras pausadas y entrecortadas.

—   ¿Qué te contó Julia? ¿Cómo te contactó? ¿Qué te dijo? .... ¡Qué vergüenza! —exclamó y se miró las manos pálidas, rugosas, manchadas de vejez.

—   No mucho. Me dijo que no te querías curar. ¿Por qué, Polaco?

—   ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Hasta cuándo? ¿Cuánto nos queda? —lanzó como si arrojara llaves al aire capaces de abrir puertas.

—   Sí. A mí también me pesa eso de esperar. En octubre cumpliré 95 y temo llegar a esa fecha, como cada año de los últimos diez.

—   Mis hijos ya son grandes... tienen sus propias familias... sus hijos... mis nietos que vi nacer y crecer... mientras que el tiempo duele en el cuerpo... Yo ya hice lo que quise —dijo y lo miró fijamente a los ojos hundiéndose en el verde nublado de la mirada de él —yo ya estuve en vos —concluyó con los ojos inundados de pasado.

—   Y yo en vos —agregó él con ternura. Metió una mano dentro de la cápsula y la posó sobre las suyas.

—   Gracias — murmuró melancólica.

—   A vos —siguió él con una mueca extraña en la cara.

—   ¿Cómo hiciste para conservarte así? —lo increpó con curiosidad.

—   ¿Así? —contestó confundido.

—   Sí. Así. No parecés un viejo choto —sonrió.

—   ¡No cambias más, Polaco! Siempre rompiendo los climas vos —le festejó el chiste con una risa reprimida. — Se supone que estás hecha mierda, por eso te tienen acá... a propósito, ¿quién te cuida a vos? ¿Tu marido no se queda? —preguntó en un intento de sonar con naturalidad.

—   No, dejalo que se quede en casa. ¡Si se quedara lo terminarían atendiendo a él con todas sus mañas! —volvió a bromear.

—   ¿Por qué no lo dejaste?

—   ¿Por qué habría de hacerlo? Él fue mi relación más duradera. Llevamos cincuenta y cinco años juntos. Ya venció el período de prueba, me lo tengo que quedar a estas alturas... y además, ¿qué sería de mí sin él?

—   Mía, tal vez —se atrevió a decir arrepintiéndose inmediatamente después de haberse aventurado al comentario.

Polaco se quedó pensativa y una lágrima finalmente rodó por la mejilla. Levantó la cara para mirarlo a los ojos — ¿En serio? —asomó la pregunta con la voz quebrada.

—   Sí.

—   Ya es tarde para corazones y flores, ¿no te parece? —le increpó con firmeza.

—   No me hagas caso —se arrepintió negando con la cabeza lo que hacía un minuto acababa de fantasear. — Olvidate. Ya es tarde. Tenés razón. Dejate morir y terminá con todo. No tenemos esperanza. Ya es tarde para nosotros. Se nos escapó el tiempo y no hicimos nada para evitarlo... —la ametralló y repentinamente se puso de pie.

—   ¿Vos te pensás que me divierte estar acá internada? ¿Vos te creés que me gusta esperar un fin que se demora en llegar? ¿No entendés que me cansa morir tan lentamente? Yo solo quiero liberarlos a todos. Que mis hijos disfruten de los suyos, que Joaquín, sobretodo, se despreocupe por mí, que mi marido no tenga que andar llevándome y trayéndome a la unidad. No los tuve para convertirme en una bolsa que molesta en el camino. No quiero interferir más. No quiero ser la cosa que quita tiempo. Yo ya estoy lista para dejar las cosas como están. Me llevó una vida entera lograr esto, ya está, me doy por satisfecha. Ya tomé la decisión y es irreversible —concluyó convencida de sus palabras.

—   ¿Y yo? ¿Qué vas a hacer conmigo? ¿Me dejás solo? —preguntó irónico.

—   Vos estás demasiado viejo para cambiarte. No pude a los veintiocho, menos podré ahora. Ya te doy por perdido. Es todo. No se puede volver atrás en el tiempo.

—   Polaco... —dijo él acercándosele despacio.

—   ¿Qué? —preguntó con ternura en la mirada.

—   Nos podemos ir juntos... —se aventuró a decir a media voz tomándola de las manos.

—   ¿A dónde? —se sorprendió ella.

—   A dónde vos querés ir... —respondió con calma.

—   ¿A la eternidad? —dijo incrédula.

—   Llamalo como quieras.

—   ¿Cómo?

—   Soy médico.

—   Sí, ya lo sé.

—   O al menos lo fui...

—   ¿Qué querés decir?

—   Fui médico y aquí estoy rodeado de maneras de cumplir tu sueño.

—   ¿Podés dormirme? ¿Para siempre?

—   Sí, puedo matarte si te referís a eso.

—   ¿Serías capaz de matarme?

—   ... solo si me fuera con vos...

—   No entiendo.

—   Si te mato, me muero.

—   Sigo sin entender.

—   Si te mato, me mato yo también... ¿Así te gusta más?

—   ¿Serías capaz de suicidarte por mí?

—   Soy capaz de suicidarnos a los dos. Vos también lo querés.

—   Pero... ¿por qué?

—   ¿Por qué no?

—   Serías un asesino.

—   Sería un suicida.

—   ¿Mi muerte sería un acto de eutanasia?

—   Llamalo como quieras. Dejarías de sufrir, y yo también.

—   ¿Me lo estás proponiendo en serio?

—   Sí.

—   ¿Cuándo?

—   Cuando me lo pidas.

—   ¿Ahora?

—   Sí.

—   ¿Y tu familia?

—   ¿Cuál?

—   ¿No tenés a nadie?

—   Me tengo a mí mismo y ya es mucho.

—   ¿Por qué lo harías?

—   Porque puedo.

—   ¿Estás seguro?

—   ¿Acaso no me ves acá con vos?

—   No te lo creo.

—   No hay nada que creer.

—   Bueno. Está bien. Es lo mejor para todos.

—   ¿Segura?

—   Sí.

—   Mirá que no hay vuelta atrás, eh.

—   Sí, lo sé y eso es lo que espero.

—   Bueno —el anciano respiró profundamente y giró hacia donde se encontraban las mangueritas con oxígeno— no te va doler, vas a dormir, solo eso. Ni te vas a enterar —le prometió con una sonrisa en toda la cara.

—   Tengo miedo —dijo ella ofreciéndole la mano para que se la tomara.

—   No lo tengas —le mintió con firmeza ofreciéndole la suya para tocarla.

—   Confío en vos.

—   Y yo en vos.

El anciano se acomodó en la butaca, le destapó el brazo hasta descubrir una red azul de venas gordas. Tomó un par de mangueritas a las que le insertó una cánula y una aguja en cada una. Se descubrió un brazo y la miró sonriente. Se incorporó despacio y la besó por última vez en los labios, ella cerró los ojos y esperó.
El anciano manipuló ambas mangueritas con lentitud. Primero le inyectó el aire en una arteria a ella, luego hizo lo mismo en su propio brazo.

Al cabo de unos minutos, el silencio los envolvió abrazados.

Julia abrió la compuerta de la habitación.


miércoles, 6 de febrero de 2013

CAPÍTULO 25: Irreversible. 2ª parte.



De regreso a casa con su hijo Joaquín, tras haber dejado por cuarta vez a su mujer internada en la unidad sanitaria, viajaba absorto en sus pensamientos, en silencio, con la mirada fija observando el afuera a través de la ventana blindada del vehículo. Podía divisar, allá lejos, a la distancia, entre las sombras, los movimientos escurridizos de los seres de la noche.
Cientos de miles de seres excluidos ininterrumpidamente del sistema, durante generaciones enteras, habituados a reinar las oscuridades creando su propio Estado, sus propias reglas, su propias leyes. Hasta sus mismos organismos adaptaron sus metabolismos para dormir durante el día y habitar las sombras en el silencio nocturno. Lúmpenes mutantes. Sus pieles ásperas protegidas con trapos sintéticos. Siempre pensó que esos marginales, con su ausencia parcial de párpados y su andar encorvado, se asemejaban a los monos nocturnos asiáticos conocidos como tarseros por el descomunal tamaño de sus ojos amarillos.

En un momento giró la cabeza para mirar a su muchacho, con inocultable orgullo. Joaquín conducía sumergido en sus propios pensamientos, seguramente resolviendo preocupaciones laborales, creyó su padre, aunque a decir verdad, Joaquín solo pensaba en la salud de su madre.
Lo veía conducir con un rictus tal que no lograba descifrar lo que estaría atravesando por la cabeza de aquel hombre, tan maduro, sobrepasando ya los cincuenta años, exitoso en los negocios, con tres hijos finalizando pronto sus respetables carreras universitarias, una mujer cariñosa, fiel, madura pero jovial que lo ha acompañado amorosa en cada nuevo proyecto que se propusiera. De pronto, inesperadamente, sintió una profunda admiración por su hijo, aunque en el fondo, envidiaba la vida exitosa que había logrado construir, una vida que él mismo fue incapaz de crear para sí pero que acompañó silencioso en su descendencia.
Por otra parte estaba Julia.
Una mueca de sonrisa se le dibujó en los labios.
Volvió a mirar a través de la ventana.
La tarde caía como un manto pesado sobre la ciudad.
Julia era tan parecida a su madre. Desde chiquita siempre se destacó por su desenfado e iniciativa. Todo lo que se propusiera lo conseguiría a costa de una mera sonrisa encantadora. Julia heredó las virtudes histriónicas y seductoras de su madre, eso era indiscutible, incluso su belleza.
Respiró sonoramente. Joaquín lo miró con una sonrisa.

—   ¿Estás bien, pa? —preguntó Joaquín en voz muy alta para que su anciano padre lo pudiera escuchar con claridad. Los años le fueron disminuyendo notablemente la audición y se rehusaba a usar audífonos y, más aún, a operarse.

—   ¿Qué?

—   ¿Estás bien? No te preocupes por mamá, en un par de días la sueltan de nuevo —pronunció en tono irónico para hacer sonreír a su padre y borrarle el entrecejo fruncido.

—   Sí, claro. Siempre la sueltan —contestó él siguiéndole la gracia a su hijo.

—   Pensá que si Julia logra convencerla de que haga el tratamiento, puede tener una sobrevida saludable de ahora en más —masculló Joaquín tratando de sonar optimista ante el panorama.

—   ¿De qué sirve morir con salud?

Joaquín quedó sorprendido ante la pregunta de su padre. Lo miró fijamente con un rictus indescifrable en los labios. Volvió a mirar el camino. Al fin habían llegado a casa.


miércoles, 16 de enero de 2013

CAPÍTULO 25: Irreversible


Abril 2060

Llegó a la cita puntualmente. Las puertas se abrieron y la pudo ver sentada a una de las mesas que daban al ventanal táctil. En cuanto la vio la reconoció, era ella. Se acercó despacio y cuando llegó junto a la mesa tosió para llamar la atención de la mujer.

—   ¿Julia?

—   ¡Doctor! No lo vi llegar. Tome asiento por favor —dijo mientras se ponía de pie y él se acomodaba en el asiento inteligente que lo acercaba a la mesa.

—   ¿Qué le gustaría tomar? —dijo y abrió el menú tocando apenas la superficie de la mesa. Abrió ventanas aquí y allá y le leyó algunas de las alternativas hasta que levantó la mirada y lo vio abrumado por tanta información. —Ya sé, no me diga nada, ¿tomamos gin tonic?

—   Por favor. Gracias.

—   ¡Debí suponer que esa era la primera y única opción! —concluyó e hizo el pedido tocando aquí y allá sobre la pantalla de la mesa.

Él la observaba y podía ver el rostro de Polaco en el de Julia, en un momento ambos se miraron fijamente a los ojos hasta que Julia confesó: —Ahora entiendo lo que mamá vio en usted. Siempre me lo había repetido pero ahora lo veo y lo entiendo.

—   ¿Qué ves? —dijo él al tiempo que llegaban sus tragos a través de una compuerta de uno de los laterales de la mesa. Él tomó los vasos y los dispuso sobre la mesa.

—   Veo sus ojos. Mamá siempre me habló del verde de sus ojos, un verde profundo y ¡así es! —notó la incomodidad en la cara del anciano y decidió ir al grano —bueno, lo llamé para verlo porque tenía que decirle algo, algo muy importante para mí, y es que mamá está enferma, —lo miró otra vez directo a los ojos y continuó— muy enferma —los ojos se le nublaron y con congoja siguió hablando, y notó que el verde de los ojos del anciano también parecían comenzar a nublarse —Los médicos que la atienden dicen que su enfermedad es recuperable, siempre y cuando ella desee curarse a tiempo y el problema que tenemos con mi hermano, Joaquín, es justamente convencerla de que haga el tratamiento cuanto antes para evitar que empeore, y a su edad, la enfermedad avanza rápidamente. Mamá ya tiene 88 años...

—   Lo lamento mucho por tu mamá. ¿Qué enfermedad es?

—   Vasculitis del Sistema Nervioso Central —dijo sorprendida por la pregunta —y fue detectado tempranamente pero ella se niega a hacer nada para curarse, el riesgo es un infarto cerebral. No sabemos qué hacer para convencerla así que con Joaquín decidimos recurrir a usted. Mamá nos contó a los dos lo que hubo entre ustedes y siempre supimos que lo de ustedes es una historia que va mucho más allá de nuestro papá.

—   No sé cómo pueden entender lo que sienten dos personas que no son ustedes —dijo con frialdad mientras bebía su gin tonic —no puedo ayudarte —concluyó.

—   Entendemos lo que ustedes significan el uno para el otro porque la vimos delirar de felicidad cada vez que ustedes retomaron contacto. Hace muchos años, una noche en que nos quedamos solos los tres por última vez, nos contó a mi hermano y a mí toda la historia. Mi hermano al día siguiente se iba por dos años a hacer un doctorado a Europa y yo me fui a vivir con mi pareja un mes después. Aquella noche, Joaquín y yo le prometimos que jamás se lo contaríamos a nadie, se lo prometimos con el mismo amor que ella nos tiene y que nos demostró para confesarnos sus sentimientos más ocultos.

—   Entiendo. ¿Dónde está ahora? —preguntó al tiempo que terminaba su trago.

—   En la Unidad 2410 del distrito este.

—   ¿Tu papá está con ella? —preguntó y terminó de un sorbo su trago.

—   No, mi papá está viajando a casa precisamente ahora, —contestó al tiempo que observaba en su dispositivo de navegación una lucecita azul que recorría una cuadrícula fluorescente —está a diez manzanas de casa.

—   Vamos —dijo el anciano mientras apoyaba la palma de su mano por la superficie de la mesa para pagar las consumiciones.

Se incorporaron y viajaron hasta la Unidad 2410 en el transporte de Julia. Era un modelo nuevo, sumamente liviano y silencioso. El modelo más popular por su atractivo diseño.

Llegaron al edificio, dejaron el transporte en el subsuelo catorce. Tomaron uno de los ascensores y en un minuto treinta segundos ya estaban en el piso cuarenta de la unidad.

Julia entró a la habitación y la vio a su madre dormida en su cápsula de internación. Le tocó apenas la cubierta haciendo que ésta se abriera silenciosamente.

—   Mami...—le acarició una mejilla para despertarla.

Polaco abrió los ojos y se sonrió al ver la cara de su querida Julia.

—   Hola —, dijo despacio —papá se fue hace un rato a casa con Joaquín que mañana se levanta muy temprano. Viaja al norte tu hermano, ¿lo saludaste?

—   Mami, te traje una visita —dijo Julia mirándola a los ojos.

—   ¿Una visita? ¿Qué visita?

—   Esperame un momento que lo hago pasar —dijo Julia al tiempo que Polaco subía el respaldo de la cama por medio de un comando de la cápsula. Sus ojos eslavos se quedaron petrificados al observar la figura que se le presentaba en el umbral de la habitación.


 

lunes, 24 de diciembre de 2012

CAPÍTULO 24: Dar por nada a cambio.



Octubre 1999. CABA
Llegó puntualmente a la cita de cada sábado en sus provocadores y ajustados jeans a la clase de las 14hrs. Terminaron la clase a las 16. Él preparó los gin tonic en la cocina mientras ella elegía un CD para poner en el gran equipo de audio.






Él se sentó en el sofá azul mientras ella seguía parada junto al equipo con el trago en una mano y un CD en la otra. Sin darse cuenta ella había comenzado a bailar al ritmo de Santana al tiempo que leía en silencio la contratapa del CD Supernatural editado en junio de ese mismo año. La observaba en silencio. Fumaba un Chesterfield.
A Polaco le favorecía el corte de cabello corto, aunque ya le había crecido hasta los hombros. Subida en aquellos altos zapatos de plataforma de charol blanco la vio particularmente estilizada. No parecía tan baja. Los jeans ajustados dejaban a la vista la forma de ese hermoso culo redondo en forma de corazón. Llevaba puesta una remera ajustada, como siempre; era blanca y tenía pequeños brillantitos de strass diseminados formando rosas en el frente.
Sorbió un trago largo de su gin tonic, lo había preparado particularmente fuerte; el alcohol lo estremeció un momento cuando pasó por su tráquea. Dejó el vaso sobre la mesa ratona, acercó el inmenso cenicero redondo de vidrio y se recostó cómodamente en el sofá. En silencio cada tanto cruzaban miradas que se decían todo. La encontraba tan puramente joven. Aniñada con sus gestos de caprichosa o cuando montaba en cólera por sus repentinos celos. Lamentó saber que la perdería. No sabía con exactitud la fecha de vencimiento de aquella relación pero cada día resultaba más evidente que faltaba menos para el fin. El próximo 31 de diciembre cumplirían el primer aniversario y aún no tenía la certeza de que efectivamente llegarían a esa fecha juntos.
Le parecía ya un exceso de su suerte que aún no lo hubiese abandonado, tirado con sus firmes ideas sobre la farsa e hipocresía de la sociedad, con los casamientos para mostrar las felicidades descartables de cartón pintado, la mentira de la familia tipo para tapar las angustias de la insatisfacción personal, la gran carga de los padres sobre los hijos y viceversa llegado el momento. La observaba a la distancia y le veía tanto potencial para ser lo que quisiese pero no para atarse a nadie, y menos para encadenarse a una familia que no le garantizaría la plenitud que se merecía.
Ella lo observaba por instantes, tendido perezoso mirándola desde el fondo de sus profundos ojos verdes. Le resultaba tan atractivo, y más atractivo le resultaba en ese momento en el que no se decían nada pero que de tanto en tanto se desnudaban mutuamente sin prejuicios ni pudor.
Polaco dejó el CD sobre el equipo de audio y el vaso en la mesa ratona. Contoneándose al son de las cuerdas vibrantes de Santana se fue quitando la remera blanca. Se quedó solo con el corpiño de algodón blanco que resaltaba sus tetas jóvenes y tersas. Se quitó el jean y se quedó ahora solo con la tanga blanca. Recuperó su gin tonic y siguió bailando como si nada. Así era Polaco. Así.

jueves, 15 de noviembre de 2012

CAPÍTULO 23: El retorno. 3° parte.

Se bajó del auto con autodeterminación. Caminó hasta la entrada del edificio y tocó el portero eléctrico.

—   ¿Hola? —le respondió enlatado.

—   Soy Polaco... —contestó enseguida.

—   Bajo.

Esperó mirando hacia la calle. Cuando escuchó que se abría la puerta de entrada giró sobre sus talones e inmediatamente se le colgó al cuello y lo besó con toda aquella pasión que la definía. Él, con ella todavía envolviéndolo con su cuerpo, cerró con una mano, como pudo, la puerta del edificio.

—   ¡Pará, Polaco!—le dijo tomándola de la cintura y metiéndola de prepo al ascensor. Dentro, subieron los siete pisos besándose contra una de las paredes. Se recorrían con las lenguas y las manos sin alcanzar a decir nada.

Entraron al departamento, ella tiró su cartera en el sofá azul, se sacó el jean y la remera, se quedó apenas con las plataformas y una diminuta tanga blanca. Él, mientras tanto, fue a la cocina a preparar los tragos.
Ella se acostó en el sofá azul, vestida solamente con su irracional juventud. Lo esperó para entregarle su libertad. Él llegó con los gin tonic, los dejó sobre la mesa ratona y se acostó sobre ella.

—   Hola...—lo saludó finalmente ella rodeándolo con sus brazos.

—   Hola...—le respondió amoroso él, que se desnudaba sin dejar de recorrerla con la boca. Luego, completamente desnudos, se fundieron uno en el otro, ajustados en un abrazo caliente.

—   Matame—le susurró él en el oído.

—   Sí...—contestó ella obligándolo a que tomara su lugar en el sofá. Se quitó las plataformas y se sentó sobre él, sobre su erección. Él la tomó por la cintura y la traspasó con el verde de sus ojos.

—   ¡Así, Polaco! Seguí así, me estás matando, Polaco. ¡No pares! Seguí así, me encantas Polaco. ¡Toda, Polaco! ¡Toda!—gemía él, ella lo observaba mordiéndose el labio inferior. Le acercó la cara para besarlo con ternura, él le devolvió el beso con toda la boca, la tomó con firmeza de la cintura y la dio vuelta, la colocó frente al balcón, que tenía el ventanal totalmente abierto.

Ella se aferró al apoyabrazos de un lado y el respaldo del otro entregándose dócil, abierta, profunda.
Al cabo de un rato intenso, acabaron ambos abrazados, extasiados. Ella miró la hora y le avisó que tenía que irse, pero que regresaría en dos horas. Se vistió y se marchó a dar una clase en el barrio de Villa Urquiza, muy cerca de Villa del Parque, con las llaves que le había alcanzado él, para que pudiera salir y regresar sin que él tuviese que levantarse del sofá. Sentía que el cuerpo ya no le respondía. Polaco, otra vez, lo había matado.


Puso en marcha el auto, y regresó a su casa pensando que le pediría al Dr. Rubinstein que la ayudara a regresar a allí, al lugar y al tiempo del que nunca tendría que haberse ido.


miércoles, 14 de noviembre de 2012

CAPÍTULO 23: El retorno. 2° parte.



De regreso a su casa, luego de la sesión con el Dr. Rubinstein, tomó por una calle equivocada. Una esquina, cuya ligustrina rebalsaba de florcitas blancas de jazmín japonés, la confundió y giró mecánicamente sin pensar.
Anduvo un par de cuadras lentamente hasta que vio estacionado un auto idéntico al que tenía él, su hombre del pasado, en 1998. Un Fiat Tipo gris oscuro. Dio una vuelta manzana, estacionó el suyo más atrás en la vereda de enfrente, en la misma cuadra y detuvo el motor. No podía dejar de observar el auto, muy bien conservado, a pesar de su antigüedad.

—   ¿Qué esperás? ¡Bajá! —le pareció oír una voz salir de alguna parte. Instintivamente miró el asiento trasero. Nadie, como era de esperarse. Volvió a mirar el auto que permanecía ahí, tal como lo recordaba.

—   ¿Qué pasa? ¿No pensás bajar? — otra vez la voz que le hablaba desde algún sitio.... su propia voz. Sentada aún en el asiento del conductor se miró en el espejo retrovisor, lo acomodó para verse bien la cara.

—   ¿No vas a hacer nada?—dijo su imagen reflejada en el espejo. Se le erizó la piel. A pesar de que sentía que no movía los labios, su propio reflejo le mostraba que sí. Se tapó la boca y se miró de nuevo.

—   ¡Hagas lo que hagas no podes callarme!—dijo su imagen que inesperadamente había tomado voluntad propia.

—   ¿Quién sos?—se animó a preguntarle a su reflejo en el espejo.

—   ¿Quién más voy a ser? ¡Soy vos! Polaco...—una sensación de caída al vacío la pegó contra la butaca del auto. — ¿Shockeada?—la increpó su imagen desde el otro lado, desde alguna parte invisible.

Enmudeció al ver de frente su cara hablándole como si fuese otra persona.

—   ¿Cuándo me vas a liberar? Me mantuviste presa, oculta tras la fachada de mujer ama de casa, madre, aplicada... por suerte él volvió a buscarme... a buscarte... a buscarnos... Me nombró y me liberó de tu intento por matarme. Por suerte él volvió hasta que ¡la cagamos! ¿Para qué la tuve que cagar así? —miró su imagen y tenía la mirada nublada por las lágrimas. Se tocó los ojos y efectivamente eran lágrimas verdaderas. — ¿Cuánto tiempo más vas a esperar para volver a ser vos misma? ¿Cuándo te vas a convencer que no se puede sostener una mentira para siempre? ¿Cuándo me vas a dejar libre? —lloró.