Cuando uno es inmortal, literalmente no tiene nada que perder. Si me dan a elegir entre EXPERIENCIA y MORTALIDAD o INEXPERIENCIA e INMORTALIDAD, elijo ésta segunda. La decisión es obvia. Tengo toda la vida para equivocarme, incansablemente.
Regresó a su casa luego de una tarde inolvidable, inenarrable.
Encendió la radio.
Dejó la valija del trabajo sobre una silla, se quitó los lentes y los dejó sobre la mesa del living. Se miró fugazmente en el gran espejo que cubría toda una pared de la habitación y descubrió una mirada en sí misma que nunca antes había notado.
Abrió la ducha, encendió un cigarrillo. Se desvistió y miró la hora al pasar en el reloj despertador de la habitación, eran las diez pasadas de la noche de un caluroso sábado primaveral; con el cigarrillo en la boca, totalmente desnuda y el largo cabello castaño recogido en un rodete improvisado con un lápiz, se sirvió un trago.
Salió de la ducha envuelta en una toalla. Se vistió solo con una remera vieja y una tanga de algodón blanca. Encendió otro cigarrillo. Se cepilló el cabello. Encendió la tv del cuarto. Volvió a ver la hora, ya las 23:30 hrs y aún su pareja no aparecía. La alivió. No tendría que dar explicaciones del porqué había llegado tan tarde un sábado. Buscó algo qué comer en la heladera: dos zapallitos rellenos.
Cenó en la cama, terminó su trago, encendió otro cigarrillo. Apagó la TV. Abrió el libro que venía leyendo desde hacía varias noches: El pudor del pornógrafo de Alan Pauls.
El día
siguiente lo sorprendió agotado y deseando que aquel sueño no tuviera fin.
A ella
también. Ese sábado caluroso de octubre, llegó a su casa más tarde que de
costumbre. Pero no le importó. El hombre con el que convivía aún no había
llegado, eso la alivió. Se recostó con una sonrisa extraña. A la mañana
siguiente quiso que el tiempo transcurriera veloz para que por fin se hiciera
el primer martes de clase, más precisamente, que fuera el martes, a las 19
horas. Se sucedieron los días y un par de veces la sorprendieron pensativa con
una mueca difícil de descifrar. "En qué estarás pensando, vos..." se
animó a exclamar Francois, en un español afrancesado, en la cocinita del
instituto de idiomas para el que ambos trabajaban. Él obviamente enseñaba su
francés natal, y ella, inglés. —¡En nada, Fransuá! ¡En nada! —respondió por
acto reflejo mientras seguía batiendo estúpidamente el preparado que luego se
convertiría en café instantáneo. Nunca un alumno nuevo la había inquietado
tanto.
El martes
llegó finalmente. Llegó puntual. Tocó el portero eléctrico y esperó impaciente
a que bajara a abrirle la puerta de entrada al edificio. Esta vez no hubo
testigos. Un beso fugaz en la mejilla y la incomodidad de estar juntos y solos
en el ascensor podía percibirse en la atmósfera. La clase fluyó con normalidad,
es decir, nadie hubiese adivinado el torbellino que los invadía por dentro.
Luego de puntuales 60 minutos de clase y de frases con verbos auxiliares,
afirmaciones, negaciones e interrogaciones por fin se pudieron quitar los roles
de profe y alumno por un rato. —Bueno, esto es todo por hoy. Espero que puedas
hacer los ejercicios que te dejo y ya sabés que cualquier consulta que tengas
la podemos revisar la próxima clase. —Un silencio impertinente, incómodo, se
interpuso y él atinó a decirle "Gracias." Lo miró confundida y él
sólo lanzó un "gracias... te lo digo porque fuiste muy clara con la
primera lección y me gusta escucharte hablar, digo, me gusta cómo me hablás,
no, mejor dicho, me gusta cómo explicás las cosas que hasta hoy me parecían imposibles
de entender y sin embargo ahora veo que no es tan difícil solo es cuestión de
prestar un poco de atención y listo, la cosa es más clara cuando se presta
atención y... eso."
Sonrió, él
se sonrojó. Bajaron los siete pisos a la realidad en silencio, esquivándose las
miradas. —¿Te espero el sábado a la tarde? —, preguntó él tímidamente. —Sí.
Tratá de hacer los deberes, ¡eh! —, contestó. Se despidieron con un beso
peligroso, y la piel les quemó.
Condujo
hacia su casa con una sonrisa que no pudo disimular. Él, tampoco. En el
ascensor trató de absorber su perfume aspirando profundamente. Cerró los ojos y
recordó los de la profe. Ojos que jamás podría olvidar. Ojos profundos,
melancólicos, de color café, de una intensidad inquietante. Aquellos ojos que
lo recorrieron de pies a cabeza en silencio, despojándolo de todo pudor. Se
sirvió un gin tonic y se sentó en el medio de su gran sofá azul marino. La
mirada clavada en la pared blanca sin poder entender qué le pasaba en el
cuerpo. Por qué esa sensación temblorosa de vértigo. Como si acabara de bajarse
de una gigantesca montaña rusa: "La vuelta de la Muerte" o algo
parecido. En total y absoluto silencio fue juntando fragmentos de esa tarde que
le sería imposible olvidar. Una tarde imborrable. La llegada a su vida de una
extraña que ya le había alterado el universo. La profesora de inglés, ella, la
que fue capaz de hacer que su mundo dejara de existir por unas fugaces ¡siete
horas! Comenzó a reír. Una carcajada se le escapó en una explosión que lo
sobresaltó inesperadamente. ¡Siete horas con una extraña en mi departamento! No
podía creer lo que acababa de sucederle, y para colmo, estaba ahora solo, nadie
con quien compartir la reciente anécdota... Estuve en mi departamento más de
siete horas con una chica, de unos veintitantos atractivos años, a solas,
charlando, riendo, dejándonos llevar por la conversación y la adrenalina de la
novedad, dejándonos seducir mutuamente... y no me di cuenta de la dimensión del
suceso— pensó nuevamente. Por un instante se le ocurrió llamar a Rolo por
teléfono para contárselo, pero desestimó la idea en seguida. "¡No me va a
creer el boludo! ¡Se me va a cagar de risa!", imaginó. "Ruso, ¿qué te
tomaste que te pegó tan mal?", imitó la voz de su amigo.
Se sacó el
jean y lo reemplazó por un short negro, se sacó la camisa y se calzó la correa
del bajo al hombro. Encendió la computadora, los parlantes, conectó el
amplificador, sorbió un trago de gin tonic y dejó que la música lo invadiera.
El resto de
aquel sábado 24 de octubre de 1998 concluyó con un cover del legendario Larry
Graham y deseó que todo comenzara a tener sentido. El día siguiente lo
sorprendió agotado y con el fehaciente anhelo de que aquel sueño no tuviera
fin.
Estás muy
linda (como siempre, como hace diez años)
Te mando un
beso grande.
Cuidate
mucho Polaco.
El mensaje
latía en la pantallita del celular. El olor que dejó el paso del tren la
envolvió por completo. Piedra quemada en una mezcla de óxido y tierra. El mismo
tren que la dejaba a pasos de la casa de él. El mismo tren que la devolvía a
hace diez años. Se conmovió un instante... y cruzó el paso a nivel apretando,
en el fondo del bolsillo de la campera, el celular que guardaba esa dulce
dedicatoria de un presente confuso.
Todavía se
olía en el cuerpo el perfume que él le había dejado de la noche anterior. Había
decidido no lavar aquel aroma de presente-pasado que la satisfacía.
Ella había
sido su profesora de idioma una década atrás. Cuando ambos eran inmortales,
cuando se permitían equivocarse a propósito aduciendo errores por la edad, por
la inexperiencia, por la falta de mundo, por falta de vivido, por ser
inmortales.
Ella 26, él
33. Ella en pareja desde hacía unos largos y asfixiantes 6 años.
Se
conocieron y el mundo se detuvo. Era octubre de 1998. Sábado 24. 14 horas. Ella
intuía en el cuerpo que algo iba a sucederle, algo profundo, algo que cambiaría
para siempre su destino, algo que le devolvería la sonrisa, algo.
Él,
también.
Bajó el
ascensor y un señor bajito y pelado le cedió el paso a una señora regordeta de
solero de bambula ajustado. Detrás se asomó él. Médico. ¡Qué alto que sos! dijo
ella, la profe; él se sonrojó. Los vecinos sonrieron con malicia. La empujó
delicadamente dentro del ascensor. Subieron siete pisos esquivando miradas y
hablando del día soleado y la temperatura.
Entraron,
ella le explicó la metodología de las clases de idiomas y le preguntó por qué
había decidido tomar ese curso y de dónde había sacado ese verde profundo para
sus ojos... terminó pensando... si se lo habría quitado al mar verde azulado de
una postal.
Él
contestó, le ofreció algo fresco para beber, encendió un cigarrillo, le
preguntó si le molestaba el humo, si quería que abriese las hojas del ventanal
del balcón que daban hacia la calle, que daban hacia el cielo, que daban hacia
un futuro juntos de ahora en más.
Ella
contestó, se rió, lo sedujo, bromeó.
Él encendió
la luz, le ofreció un cuarto, un quinto café, una tercera Coca-Cola, ¿querés comer
algo?; no, gracias, pero ¿qué hora será?, son las 21:23, ¡cómo se nos pasó el
tiempo!; sí, disculpame que te haya entretenido tanto; no, disculpame vos que
no me haya levantado nada más que para ir al baño, me gusta tu baño; pero de
verdad que soy un desubicado, tu novio te debe estar esperando; no te
preocupes, él siempre llega después que yo; qué bueno saberlo, digo, lo de no
complicarte; para nada, quedate tranquilo; entonces te espero el martes a las
19 para la primera clase; claro, esperame toda la vida que siempre voy a
llegar.
Condujo
hacia su casa con una sonrisa que nada podía disimular.
Y le
robaremos la llave a aquel incauto, insensato olvido de heridas grabadas en los
huesos.
Y nos
esparciremos las cenizas de aquella que ya no es, por el territorio de las
lineas de caras, estupefactas.
Y
llegaremos a casa una fría noche de invierno, nos descalzaremos para
cerciorarnos de que seguimos sintiendo, aún, algo debajo nuestro.
Y nos
beberemos el vino buscando una ventana al cielo.
Nos
miraremos las manos, manchadas.
Se nos
aflojarán las rodillas, nos ahogará una honda pena en la garganta, espléndida,
rebosante de dolor.
Sentiremos
el picor en los ojos de las lágrimas que se amontonan para salir todas juntas,
agarradas unas a otras.
El estómago
se nos revolverá ante el recuerdo de aquel cuerpo violáceo en el piso de
aquella cocina, intacta tras el paso de la Muerte Dama.
La llama
azul danzante en una de las hornallas, nada que quemar, nada más por arder en
su picante calor.
La penumbra
cubriéndolo todo a su paso, ya nada más.
Mil
recuerdos se arremolinarán en nuestras diminutas mentes. Nada entenderemos de
ahí en más. Nada tendrá sentido. No entenderemos la risa de los niños, ni la
felicidad ajena, cuando apenas vamos arrastrando el peso del espanto detrás
nuestro.
Subiremos,
bajaremos escaleras. Saludaremos. Dormiremos. Comeremos. Contaremos anécdotas.
Seguiremos una vida insatisfecha e incompleta. Esperaremos que llamen a nuestro
número. Veremos marcharse a otros en el mientras tanto. Algunos lo esperarán
con ansias. Otros, lo temerán.
Y
volveremos a mirarnos en el espejo sin poder reconocernos.
Y diremos
nuestro nombre, sin pensarlo. Nos convertiremos en zombies autómatas, en entes.
Volveremos
a aquel lugar donde alguna vez reímos hasta las lágrimas, y nos costará
entenderlo.
Nos
serviremos un vaso de alcohol hasta el tope, lo beberemos todo en tres o cuatro
grandes tragos, y aún así el ardor en el pecho será nada comparado al dolor del
corazón.
Gritaremos
escupiendo sangre. Golpearemos paredes hasta destrozarnos las manos, y nada
será semejante al pozo negro en el que ha caído nuestra alma.
Nos
arrancaremos los ojos, la piel, la voz. Nada quedará de nosotros.
Nos
hundiremos, infinitamente, en el hoyo profundo y oscuro de nuestro propio
infierno.
Capítulo XVI: No pasa un sólo día en que no piense en ella...
No pasa un
sólo día en que no piense en ella, desde hace cuatro años.
Desde el
instante exacto en que la vi por primera vez, hasta el último beso de
despedida.
Desde el
instante en que la vida decidió trucar nuestros caminos, para que
indefectiblemente luego deseáramos transitar un nuevo sendero, juntos, por
siempre.
Desde el
perfume inconfundible de su piel.
Desde aquel
mágico e inolvidable instante en que me perdí en sus ojos y nada volvió a ser
igual.
Desde ese
milagroso arrebato de hundir mis dedos en su cabellera sedosa para no querer
nunca más salir de allí, jamás.
Desde el
momento en que nos dijimos con el corazón lo que nunca habíamos creído poder
decir.
Desde
aquella noche en que lloró en mis brazos y no supe qué decirle.
Desde ese
único momento en que deseé haberla conocido antes, que hubiese sido ella y sólo
ella mi mujer, la única.
Y desde
entonces es que cualquier suceso, por pequeño, pueril, insignificante,
cotidiano que parezca, me empuja hacia su recuerdo.
El eco de
su risa resuena aún, lejana y sorda, en mi mente.
La foto de
su sonrisa me transporta a la dicha de sentirme dentro suyo, como nunca, como
nunca después.
Un cielo,
un paisaje, un color, un aroma, una canción, una palabra, un silencio.
Todo tiene
algo suyo porque veo todo a través de su recuerdo.
Una
película, una tristeza, una tela, una ventana, una dicha.
Inequívocamente
me hace saltar hacia el abismo de no tenerla.
Mirarme las
manos, sacarme los lentes y esperar sus caricias, en vano, me hunde el pecho y
me cierra la garganta.
Dita
escuchaba en silencio aquella profunda declaración de amor, que no le
correspondía ni le pertenecía y sintió que se le humedecían los ojos. Entendía
perfectamente ese sentimiento puro, genuino, auténtico. Se reconocía haber
estado ella también en ese lugar, en las sombras de la pena. En la angustia del
tiempo que no pudo ser.
Se
reconoció en no dejar pasar ni un sólo día sin pensar en aquel alguien...
La puerta de entrada del caserón de Belgrano se abrió tras un
sonido metálico. La cara de Rubinstein se asomó amable con una sonrisa. Dita entró
y estrechó una mano a su terapeuta, se recostó plácida en el diván frente al
gran ventanal hacia la calle, dejó la cartera a un costado junto a su cuerpo.
─ ¿Cómo está?
─preguntó Rubinstein mientras servía café en un diminuto pocillo blanco.
─Bien.
─Mis
condolencias. Supe lo de su hermano, y lo de su hermana─ expresó Rubinstein
mientras le alcanzaba el platito con el pocillo de café, amargo.
─Gracias. ─
Dita sorbió apenas el café humeante. Al cabo de unos minutos y con la mirada
fija en el celeste cristalino que contemplaba a través de la ventana se
recompuso y exclamó: ─ ¡Apareció Martín! ─con notable ánimo de cambiar de tema.
─ ¿Martín?
Recuérdeme quién es Martín, por favor ─Rubinstein encendió su Tablet con la
intención de rastrear aquel nombre en el historial de su paciente.
─Martín es
aquel que un día conocí y con el que supe recuperar mi esencia, en aquel
momento creí haber reencontrado mi ser. Le hablé de Martín doctor. Busque en
sus archivos. Martín es un hombre de cabello enrulado, de pelo en el pecho, de
profundidades abstractas, Martín es el hombre que me habló de amor heroico. ¿Lo
encontró? Si no lo ubica le cuento que lo busqué y lo encontré.
─ ¿Por qué
recurrió a Martín?
─ ¿Por qué
no?
─ ¿Para qué
lo buscó?
─Lo busqué
porque sí.
─Esa es una
respuesta infantil, permítame decirle.
─Lo sé. Y
tampoco me importa. Necesitaba reencontrarme con Martín. Subirme a su locura
genial. Necesitaba volar con él. Martín me transporta a otro estado.
─ ¿Necesita
a Martín para evadirse, acaso? ─punzó el terapeuta sagaz.
─No. No me
evado con él sino todo lo contrario, me reencuentro. Martín es un enlace a mi
esencia. ─Dita terminó el café y dejó el pocillo en su platito en una mesa
junto al diván.
─ ¿Cómo fue
su reencuentro con Martín, entonces?
─Inesperado.
─Creí
entender que lo había convocado, ─se excusó el terapeuta.
─Y sí, lo
busqué yo. Le escribí un correo diciéndole que quería verlo y él me respondió
que también quería un encuentro y entre idas y venidas de correos, logramos
vernos. Coincidir con Martín no es tan sencillo, doctor.
─ ¿Por qué?
─Porque
tiene sus tiempos.
─Y usted
los suyos, como todo el mundo. ¿Por qué cree que los tiempos de Martín son
particularmente complejos?
─Bueno, no
lo sé exactamente. Sé bastante poco de él ahora que lo analizo con usted.
Dita volvió
la mirada hacia el ventanal abierto que daba hacia un cielo profundamente
celeste.
─ ¿Volverán
a verse? ─indagó Rubinstein.
─Eso espero─
contestó Dita sin dejar de contemplar el cielo desde la ventana.
Camino a
casa, mientras conducía su auto, evocó en las profundidades de sus recuerdos,
sus charlas con Martín. Hubiese preferido conocerlo en otro momento de su vida,
lamentó.
Si tan solo
sus caminos se hubiesen cruzado más temprano, sin tantas heridas sin sanar.
Estacionó el auto en la calle y entró a su casa. Se descalzó al tiempo que
dejaba su cartera colgada en el perchero junto a la puerta de entrada. Abrió la
heladera y se sirvió una copa de vino blanco, frío.
Las gatas
corrieron a recibirla y se acomodaron en el sofá junto a ella. La soledad en
aquel momento, aquella maravillosa y predecible quietud la invitaban a
reflexionar en lo que sentía entonces.
Bebió un
largo sorbo de la bebida y pensó en que se merecía alguien que la observara
como si tuviese el mundo entero a sus pies, que no le correspondía menos que
aquel dispuesto a escucharla con toda la atención del mundo y que recordara con
perfecto detalle sus comentarios más reflexivos.
Sintió que
valía lo suficiente como para que un hombre tuviese el coraje de abrazarla
antes de que ella misma sintiera desfallecer por penas o profundas tristezas.
No debería
aceptar menos que un hombre dispuesto a hablarle desde el corazón abierto con
palabras puras y sinceras. Ella era lo suficientemente valiosa para tener a su
lado un hombre íntegro, con honor, un caballero capaz de quitarse la capa en
una reverencia tras su paso. Ella merecía un hombre de amor heroico, aun cuando
no fuese alguien como Martín.
Dita salió
del vestidor con el enterito negro que se acababa de probar cuando la llamaron
al celular. En el visor vio que se trataba de su cuñada, a 3.600 kms de
distancia.
- ¡Hola!
- El gordo
se me fue... -sollozaba la desgarrada mujer del otro lado de la línea.
- ¿Qué...?-
Dita no lograba entender lo que significaba aquella frase tan simple y
determinante.
- El
gordito se fue...-continuó llorando desde la más profunda de las penas
acongojada en un llanto ahogado de dolor.
-Se fue. -
continuó llorando su cuñada desconsolada.
-Está bien,
está bien. No sufre más. Se acabó Ana. Terminó su dolor, ahora solo queda el
nuestro -pudo decir tratando de que sus palabras, aunque crueles a 3.600 kms de
distancia del cadáver de su hermano, pudieran apenas calmar artificialmente el
infinito dolor de aquella mujer cuyo marido recién fallecía -Voy a la casa de
mis viejos para decirles, no te preocupes, yo les digo -determinó.
Decidió ser
ella la que les diera la peor noticia que puede recibir una madre preocupada
por sus hijos, y siempre presente; y un padre anciano y perdido en una
incipiente demencia senil en sus ochenta y dos años de vida. Decidió ser ella
la que les dijera en persona que el mayor de sus tres hijos estaba muerto. Era
un anuncio que merecía ser contado en persona, con un abrazo que los contuviera
y los sostuviera ante el shock de la conmoción de tal tristísima comunicación.
Con los
ojos hinchados y rosados ensayó mil y una posibilidades para contarles la
muerte de su hijo. Ninguna de las versiones le pareció la menos dolorosa. Todas
eran terribles. Todas eran trágicas. Todas eran horribles e injustas. La muerte
de un hombre de cuarenta y ocho años, esposo dedicado y amoroso, padre de una
jovencita de dieciocho y de un chico de doce, era una tragedia sin importar las
palabras que se eligiesen para disminuir el horror.
Por fin
llegó a la casa materna. Entró. La perra que siempre solía recibirla con
empujones y saltos la esperó, aquella vez, quieta a que se acercara para
acariciarle la cabeza. Tal vez supo que traía novedades que no merecían el
saludo ritual alegre de vueltas y saltos.
Su madre
abrió la puerta y la recibió sonriente, algo sorprendida por la visita
inesperada.
-¿Qué hacés
hoy por acá? Viniste a comer, qué raro que no llamaste antes...
-Mamá. -Se
acercó y la abrazó para sostenerla-Ana me llamó hace un rato. Rodolfo murió. -dijo
sin pensar y largándose a llorar al tiempo que su madre lanzaba un llanto desde
las entrañas, partiéndola en dos.
-Ana me
dijo que Rodolfo no quiso contarnos que había estado internado entre Navidad y
Año nuevo. No quiso que nos preocupáramos, por eso no nos contó cada vez que se
comunicó con nosotras, para preguntarnos por la salud de Elizabeth.-. La menor
de las hermanas estaba atravesando por una complicación severa de salud. Había
perdido un embarazo de treinta y tres semanas por un atípico caso de hematoma
hepático encapsulado, tal vez causado por una posible pre eclampsia, presión
arterial alta, y por aquellos días volvía a quedar internada en un lapso de
apenas dos semanas debido a una inusual fiebre repentina.
-Ahora...
¿cómo se lo contamos a papá? -la mujer se tapó la boca con una mano en un gesto
de consternación y angustia.
Entraron a
la cocina donde el anciano almorzaba sopa de verduras en silencio y con la
mirada perdida hacia el televisor encendido.
-Iván.
Rodolfo murió. -le dijo la mujer a su esposo que seguía comiendo inmutable y
mudo mirando el televisor. - ¿Entendés lo que dije? Rodolfo murió, esta mañana,
recién. Ana llamó para avisar-le explicó la mujer en voz muy alta para que el
anciano escuchara lo que le estaba diciendo-, ¿entendés lo que eso significa?
No lo vamos a volver a ver jamás-remató duramente largándose a llorar mientras
se dejaba caer en una de las sillas de la cocina.
-Bueno
-dijo el padre mientras seguía comiendo su sopa sin quitarle la vista al televisor.
La madre
preguntó si Elizabeth ya sabía de la muerte de Rodolfo, Dita negó con la
cabeza.
La mujer se
levantó de la silla y cansina fue hacia el teléfono.
Dita
observaba a su padre que seguía comiendo monótono su sopa de verduras,
anaranjada por la abundante cantidad de zapallo en ella.
Lo miraba
comer sin gestos e intentó recordar la última vez que lo había visto sonreír,
que lo había visto bromear, que lo había escuchado hacer algún comentario
acertadamente irónico.
En un
momento se sintió observada por su padre que terminó su sopa con un último
sorbo de la cuchara. Tomó un repasador para secar su bigote ceniciento y la
miró a los ojos.
-La muerte
es una puerta. Ya la dejarán abierta para mí-afirmó con convicción y una
inquietante mueca en los labios, que se asemejaba a una leve sonrisa.
Dita se
marchó a su casa pensando en las palabras de su padre. Nada volvió a ser igual.