domingo, 22 de abril de 2018

1- Sin destino.


Buenos Aires, 28 de noviembre de 1890.

Estimada señora mía, mi querida Eleonora.

Galopa fuerte mi pecho cada vez que mis ojos se posan en las formas de su cuerpo. Toda vez que usted se me acerca, el corazón me altera la razón. Un fuego recorre ardiente cada centímetro de mi espíritu. Ya era hora de que le confesara este pensamiento recurrente. He hallado siempre las excusas perfectas para visitar la casona de vuestro padre, que con beneplácito ha abierto las puertas de su refugio.
Eleonora, su rostro es lo único que ven los ojos de mi mente cuando los cierro para dormir, y lo primero que me muestran cuando amanece cada día. Desde el momento que la vi por primera vez, no hubo tiempo en que no la tuviera presente, en mis más íntimos pensamientos. Le pido disculpas si estas palabras la ofenden pero no aguanto más mantener para mí este secreto. Necesito que sepa que lo que más anhelo en esta vida es ser correspondido por vuestro amable corazón.
Tal vez éste sea el inicio de algo maravilloso si soy correspondido, a Dios le ruego cada noche que así sea. Deseo poder estrecharla entre mis brazos y susurrarle al oído todo lo que siento por usted. Todo lo que inunda mi mente cada vez que se me acerca cuando me he reunido con su estimado padre. Admirar su belleza, su elegancia y su risueña juventud. Adoro cuando un rayo de sol se posa sobre su cabello azabache. El brillo encandila hasta a los ciegos de este mundo. La blancura radiante de su piel aterciopelada me invita a besarla. Me lo he prohibido una y mil veces. Sé que no debo aunque el impulso sea un bravo toro suelto a su suerte sediento y hambriento buscando qué beber y con qué alimentarse.
Eleonora, las horas se detienen cuando no estoy junto a usted. He robado de su aposento un pañuelo bordado que huele a su piel. Lo siento mucho pero fue un arrebato que no pude evitar. Aquel diminuto pañuelo atesora lo que más deseo, su perfume.
Le ruego que me disculpe si esta declaración la perturba pero vivo en un infierno verla y no poder decirle lo que siento por usted. Por esto y por otras cosas más, que le diré en persona, es que hoy me he decidido tras largos meses de reflexión, en contarle lo que siento, en abrirle mi corazón. Le pido que me perdone si esta carta no resulta de su agrado pero debía hacerlo antes de partir hacia Europa a completar mis estudios de abogacía. Estaré dos años en España. A mi regreso me gustaría pedir su mano a vuestro padre. Regresaré con honores y con un capital suficiente para complacerle todos sus gustos. 
Eleonora, quisiera poder invitarla a una cena en la casa de mis padres para que la conozcan.
Aguardo vuestra respuesta.
Suyo.
Sebastián Álzaga Unzué.


El muchacho dobló la carta en dos y la metió en un sobre que luego lacró con el sello de su familia patricia. Confió la misiva al muchacho que oficiaba de mensajero para que la llevara a la casa de Eleonora pero en el camino algo inesperado le sucedió al jovencito, que no llegó a entregar la encomienda a destino.

Eleonora, mientras tanto, ese mismo día, sentada frente al gran espejo de su tocador cepillaba cuidadosamente su largo cabello lacio y renegrido. Sus juveniles dieciséis años ruborizaban sus mejillas cada vez que pensaba en aquel muchacho que tanto le gustaba...


No hay comentarios:

Publicar un comentario